Vol.
48

143
2022
castillo

Pobreza de tiempo, género y vivienda social en Santiago de Chile. Un análisis cualitativo

Mayarí Castillo. Universidad Mayor, Santiago, Chile.

Claudia Sanhueza. Universidad Mayor, Santiago, Chile.

Jorge Rosales-Salas. Universidad Mayor, Santiago, Chile.

Diego Sandoval. Universidad Mayor, Santiago, Chile.

resumen | Este trabajo busca mostrar, desde una perspectiva cualitativa, la importancia del concepto de pobreza de tiempo para un análisis del bienestar de usuarios y usuarias de vivienda social de la ciudad de Santiago de Chile. Muestra la relación entre segregación espacial de la vivienda social, uso del tiempo y producción de desigualdades, con especial énfasis en las desigualdades de género. Se basa para esto en un estudio de caso en la población San Guillermo, sector Bajos de Mena, comuna de Puente Alto, el que fue abordado con una metodología etnográfica durante el año 2019. Durante la investigación, se realizó observación, entrevistas en profundidad y etnografía móvil, con el fin de mostrar las dinámicas de producción y reproducción cotidiana de desigualdades en el espacio segregado, a partir de un análisis del tiempo destinado al trabajo remunerado, de cuidado y doméstico, de ocio y sociabilidad y tiempo de traslados.

 

palabras clave | desigualdad social, periferia urbana, segregación.

 

abstract | This work focuses on the importance of the concept of time poverty for the welfare analysis of social housing users in the city of Santiago, Chile. It shows the relationship between spatial segregation of social housing, time use, and production of inequalities, emphasizing gender inequalities, from a qualitative perspective. With an ethnographic methodology undertaken during 2019, the study is based on the case of the San Guillermo Housing project in Bajos de Mena, in the District of Puente Alto. During the investigation, we used observation, interviews, and mobile ethnographies, to show the dynamics of daily production and reproduction of inequalities in the segregated shanty town, based on an analysis of the work time, care and domestic work, leisure and sociability time, and commuting time.

 

keywords | social inequality, urban periphery, segregation.

Recibido el 5 de marzo de 2020, aprobado el 27 de abril de 2020.

E-mails: M. Castillo, mayari.castillo@umayor.cl | C. Sanhueza, claudia.sanhueza@umayor.cl | J. Rosales-Salas, jorge.rosales@umayor.cl |
D. Sandoval, diego.sandoval@umayor.cl

Introducción

Desde hace algunas décadas se ha debatido acerca de la estrecha relación entre la configuración espacial de la ciudad y la reproducción de desigualdades. Esta discusión ha recogido diversas investigaciones, según las cuales el espacio no solo es contenedor de las dinámicas de lo social, sino que también las produce y transforma. En el caso de las desigualdades de género, esto se manifiesta en una configuración espacial de las ciudades que, a partir del siglo xix, comienza a establecer una fuerte división entre espacios vinculados a la producción, lo público, lo político, y aquellos vinculados a la reproducción (England, 1991). Esta división, propia de la consolidación del capitalismo, está relacionada con el rol de trabajo no remunerado en el hogar que comienzan a asumir las mujeres, lo que hasta ese momento no era predominante, sobre todo en el caso de los sectores populares.

A partir de la industrialización, las ciudades se van desarrollando en función de las necesidades productivas de un capitalismo industrial en proceso de consolidación, lo que implicó la concentración de espacios productivos y de mano de obra, la producción de vivienda obrera y la generación de sistemas masivos de transporte urbano. La división entre trabajo no remunerado y remunerado fue una pieza clave en este proceso, generadora de una configuración y movilidad urbana específica: los hombres, insertos en el mercado laboral, se desplazan a las zonas productivas y de concentración del poder político, mientras las mujeres permanecen en las zonas residenciales, en las cuales se sitúa la dinámica de reproducción familiar, la crianza y el cuidado. Esto puede observarse en un primer momento en la burguesía y elites, pero posteriormente se vuelve un modelo espacial que también alcanza los hogares del mundo popular, a partir de los programas de vivienda obrera y/o vivienda social.

El modelo de “comuna dormitorio” tiene un importante rol en la reproducción de desigualdades de género. En primer lugar, al establecer los centros laborales lejos de los espacios residenciales, suma a la jornada remunerada y no remunerada de las mujeres un importante tiempo de viaje, estableciendo jornadas de trabajo extenuantes que finalmente actúan como motivación para salir del mercado de trabajo. En segundo lugar, normalmente concentra las instituciones y dispositivos de cuidado cerca de las viviendas y lejos de los espacios laborales, dificultando la compatibilidad del rol de trabajadora con el cuidado familiar, al establecer restricciones de costo, movilidad y acceso. En tercer lugar, empobrece el capital cultural, social y político de las mujeres que se encuentran realizando trabajo no remunerado en las zonas residenciales, ya que en estas no existe oferta de actividades culturales, políticas y sociales fuera del ámbito doméstico (Bondi & Rose, 2003; Fildes, 1997; Valdivia, 2018; Walker et al., 2013).

La situación descrita adquiere un matiz especialmente preocupante en el caso de las mujeres en condición de pobreza y/o vulnerabilidad en nuestra región. Históricamente, la ciudad latinoamericana ha situado en los márgenes urbanos a la población proveniente de migraciones internas, los que con el pasar de los años se fueron convirtiendo en lo que se llamó “marginalidad urbana” y/o “cordones de pobreza” (Cortés, 2002; Greene, 2005; Oliven, 1980; Touraine, 1977). Para el caso de Santiago, la ubicación de la pobreza en los márgenes urbanos fue también reforzada por procesos intencionados de “erradicación” de la pobreza de ciertas comunas y por la política de ubicación de la vivienda social en la periferia urbana, particularmente en las comunas del sur y sur poniente de la ciudad. Al respecto, el trabajo de Andrea Tokman (2006) muestra que la mayor cantidad de viviendas básicas construidas entre 1978 y 1993 se situaron en las comunas de La Pintana, La Florida, Puente Alto, Pudahuel, San Bernardo, El Bosque, Renca, Peñalolén, Maipú y La Granja, con un tercio de estas viviendas en las tres primeras. Esta tendencia se mantuvo después de 1993 y se ha reforzado en las últimas décadas a partir de la política del Ministerio de la Vivienda y Urbanismo (minvu) de adquirir solo predios fuera del límite urbano para la construcción de vivienda social. Desde la investigación sobre pobreza, se ha llamado la atención sobre el efecto que esto ha tenido en el empobrecimiento de capital social heterogéneo, violencia, empleo, entre otros (Cociña, 2016; Larrañaga & Sanhueza, 2007; Sabatini, 2002).

Los estudios no han incorporado, sin embargo, el rol que la configuración espacial de las ciudades latinoamericanas desempeña en materia del uso del tiempo por parte de la población, principal objetivo de este trabajo. El tiempo, si bien es un recurso transversal a todos los individuos de una sociedad, no se distribuye de la misma manera entre todos ellos; mientras algunos tendrán importantes horas de ocio en un día, otros ocuparán gran parte de este tiempo en traslados, jornadas laborales extensas o trabajo no remunerado. Estas diferencias son sustantivas al hablar de bienestar. Al respecto, la literatura establece que las mujeres en general tienen menos tiempo libre y de descanso que los hombres, dado que realizan más labores de cuidado y trabajo doméstico que ellos (e.g. Bardasi & Wodon, 2010, para Guinea; Burchardt, 2008, para Reino Unido; Qi & Dong, 2018, para China; Zilanawala, 2016, para Estados Unidos). Esta situación se agudiza si miramos a las mujeres más pobres. Estudios que se aproximan de manera exploratoria a este tema para el caso chileno muestran que, para el caso de la Región Metropolitana, el 10% de la población es pobre de tiempo, en tanto excede las doce horas de trabajo, lo que sube a 26% si se consideran los tiempos de viaje. A ello se suma que, en todos los quintiles de ingreso, las mujeres trabajan más, tienen menos tiempo de ocio y más tiempo de tareas domésticas que los hombres (Encalada, 2015).

La literatura reciente proveniente de estudios sobre el uso del tiempo ha desarrollado diferentes mediciones para la pobreza de tiempo (Antonopoulos & Memis, 2010; Damián, 2003, 2013; Vickery, 1977; Zacharias, 2011; Zacharias et al., 2012), que reflejan cómo, en las sociedades desiguales, la pobreza de tiempo suele ser coincidente con otras medidas de pobreza, ya que la población afectada por dicha carencia suele ser también la aquejada por situaciones de segregación residencial, empleos con jornadas extensas, varios empleos y/o falta de cobertura de servicios de cuidado. En estos hogares, la posibilidad de suplir la falta de tiempo a través de servicios en el mercado no existe, por lo que deben cumplir todos los aspectos ligados a su reproducción, aunque deban robar horas al sueño, recreación y tiempo de sociabilidad, situación que afecta particularmente a las mujeres. Las desigualdades observadas en el uso del tiempo entre los distintos sectores sociales, y entre hombres y mujeres, se ven reforzadas por las dinámicas propias de la experiencia urbana, sobre todo aquellas asociadas al mundo laboral y los traslados. En el contexto latinoamericano esto ha sido apuntado por Fleischer y Marín (2019), quienes han estudiado la interrelación entre el espacio y las diferencias socioeconómicas que demarcan el contexto urbano, centrándose para ello en la observación de las experiencias subjetivas de mujeres trabajadoras domésticas en Colombia. Para el caso chileno, de las comunas del Gran Santiago, las tres que reportan mayores tiempos de viaje al trabajo son precisamente aquellas en que, durante las últimas décadas, se ha concentrado población pobre y vulnerable, así como la construcción de vivienda social: San Bernardo, La Pintana y Puente Alto (Herrera & Razmilic, 2018).

La dimensión temporal de la pobreza ha sido ampliamente trabajada desde un punto de vista cuantitativo, dejando un vacío respecto a cómo se configuran las valoraciones subjetivas de los sujetos en torno a los conceptos interrelacionados de tiempo, trabajo y movilidad en un país tan segregado como Chile (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo [pnud], 2017). Este trabajo busca mostrar esta dimensión de la pobreza para usuarios y usuarias de vivienda social en la ciudad de Santiago de Chile desde una perspectiva cualitativa, a través de la cual se destaca la importancia del tiempo en el bienestar de quienes habitan estos espacios segregados. Para lograr este objetivo, se utilizó la observación, entrevistas en profundidad y etnografías móviles (Jirón & Imilan, 2016; Pujadas, 2018), cuyo objeto de estudio fue un conjunto de personas que viven en viviendas sociales de Bajos de Mena, territorio emblemático en la ciudad de Santiago, Chile. La exposición se ordena de la siguiente forma: en primer lugar, se presentan los principales elementos conceptuales sobre pobreza de tiempo; luego, se detalla la metodología y se presenta una descripción del territorio en estudio, para posteriormente revisar los principales resultados de la investigación.

Pobreza y tiempo: un análisis necesario para el bienestar

El concepto de pobreza ha tenido un desarrollo sumamente importante en las últimas décadas, asociado a la necesidad de introducir mediciones que dirijan las políticas públicas en ese campo. En esta discusión se ha establecido la necesidad de ampliar conceptualmente la noción de pobreza hacia una definición capaz de integrar las distintas dimensiones del bienestar humano, entendiendo que lo meramente económico no necesariamente da cuenta del fenómeno en cuestión. En esta línea, un avance sumamente relevante ha sido la conceptualización de pobreza multidimensional (Alkire, 2018; Alkire & Foster, 2007), noción que ha estado acompañada de un avance sustantivo en las distintas mediciones de pobreza en el mundo. A estos enfoques se les han sumado desarrollos teóricos que apuntan a mostrar aspectos hasta muy recientemente no considerados en los análisis multidimensionales, tales como la pobreza energética (Middlemiss et al., 2019) y la pobreza de tiempo (Gammage, 2009, 2010). Este artículo se centra en este último fenómeno.

El concepto de pobreza de tiempo, como se señala en la investigación, fue introducido a partir de los años sesenta por los estudios de Claire Vickery (1977), quien fue la primera en desarrollar una metodología específica para la medición del uso del tiempo en las sociedades modernas, estableciendo su desigual distribución en ellas. Esta discusión, pese a su importancia, entró desde ese momento de manera tangencial a la discusión sobre pobreza a través de los trabajos de Zacharias (2011), Zacharias et al. (2012) y otros autores. Para el caso latinoamericano, los principales aportes en esta línea pueden encontrarse en el trabajo de Araceli Damián (2003, 2013), quien también ha desarrollado una metodología cuantitativa precisa para la medición del uso del tiempo en el contexto latinoamericano.

Esta discusión adquiere particular importancia hoy día. Los recientes estudios desarrollados desde la teoría social nos muestran la importancia del tiempo y de la “falta” de él en la experiencia de los sujetos de la era posindustrial. El trabajo de Harmut Rosa (2015) apunta a que la percepción de falta de tiempo se agudiza en medio de una constante aceleración social, en la cual los sujetos deben correr cada vez más para conservar sus posiciones e incluso, en casos extremos, para sobrevivir. La sensación de estar sobrepasado y aun así estar en deuda con gran cantidad de actividades es el nuevo malestar de las sociedades contemporáneas. En este marco, es posible ver que el tiempo es un recurso transversal, pero no todos los sujetos podrán distribuirlo de la misma manera. Las diferencias en el tiempo destinado a trabajo remunerado, cuidado, trabajo doméstico, traslados y ocio/sociabilidad normalmente dependen de la configuración de los hogares determinada por las variables más clásicas de estratificación, como empleo, nivel educacional, género y etnicidad. De estas conceptualizaciones, cabe destacar dos aspectos de relevancia para la incorporación de la dimensión tiempo en los análisis de pobreza: en primer lugar, la importancia de mostrar las diferencias en el bienestar mediadas por la variable de género, la cual, al interior de hogares de similares características en términos socioeconómicos, hace de la experiencia cotidiana una realidad sumamente desigual para hombres y mujeres, con claros efectos sobre sus biografías personales. Permite abrir la caja negra del espacio doméstico y mostrar la importancia de temas largamente discutidos desde los enfoques feministas de la sociología y la economía: la valorización del trabajo no remunerado y cómo la desigual distribución de este afecta la salud física, mental y trayectoria biográfica de las mujeres en el largo plazo (Gammage, 2009, 2010; Gammage & Orozco, 2008).

En segundo lugar, la investigación sobre pobreza de tiempo permite apuntar a la importancia del tiempo de descanso y el tiempo de ocio/sociabilidad. La sistemática ausencia y/o falta de centralidad de tales factores en los enfoques sobre pobreza y, por consiguiente, en las políticas públicas en ese campo, muestran una profunda ceguera respecto a que, tal como señala Sen (1979, 1997, 2012), la discusión sobre pobreza es materia de carácter ético. En esa perspectiva, las políticas para su superación deben ir más allá del solo mantener a los individuos con vida, para enfocarse en el desarrollo de los distintos aspectos que el bienestar humano implica. Esto sin duda comprende poder descansar, desarrollar pasatiempos y mantener vínculos, con los claros efectos que ello tiene en aspectos clave de las sociedades contemporáneas, tales como la salud mental y la cohesión social, por nombrar los más relevantes (Damián, 2013). En esta línea, el análisis que se presenta sobre la cotidianidad de los usuarios de la vivienda social busca relevar dichos aspectos: muestra cómo el tiempo es una variable fundamental para su bienestar y en qué medida las características de la vivienda segregada influyen en ello, con especial énfasis en la dimensión de género. En su libro Pacientes del Estado (2013), Javier Auyero apunta al tiempo como una de las principales herramientas de control sobre la población pobre, estableciendo una estrecha relación entre el control del tiempo y la relegación de la pobreza en los márgenes urbanos. La cotidianidad de la pobreza, para este autor, está gobernada por el tiempo de los otros y responde a las necesidades de un externo en el marco de algún dispositivo de gubernamentalidad, en el sentido foucaultiano.

Metodología y descripción del territorio

Este trabajo se basa en un estudio de caso en la población San Guillermo, del sector Bajos de Mena, comuna de Puente Alto (Santiago de Chile), abordado con una metodología etnográfica durante el año 2018. Durante la investigación, se realizó observación en distintos espacios públicos: i) áreas de recreación y tránsito; ii) áreas de consumo y servicios; iii) espacios estatales (municipio, consultorio, colegio, sala cuna). También se llevó a cabo entrevistas en profundidad a habitantes de viviendas sociales (seis mujeres y seis hombres) seleccionados a partir de un muestreo cualitativo de casos tipo1 (Tabla 1). Las entrevistas fueron analizadas con la metodología de análisis de contenido.

La información proveniente de la observación intensiva en espacios públicos y entrevistas se trianguló con dos etnografías móviles (Jirón & Imilan, 2016; Pujadas, 2018) realizadas a un hombre y una mujer habitantes de vivienda social en Bajos de Mena, quienes fueron acompañados durante sus actividades cotidianas y desplazamientos a partir de una estrategia de sombreo propia de los estudios orientados a documentar sujetos en movimiento. La selección de un hombre y una mujer para la realización de estas etnografías móviles tenía por objetivo documentar diferencias en el uso de tiempo, movilidad y experiencias urbanas cruzadas por el género. El hombre seleccionado fue Juan,2 de 52 años y padre de un hijo, trazador en una empresa de construcción en el sector de Chicureo. La mujer seleccionada fue Mónica, de 42 años y madre de dos hijos, dueña de un almacén en el corazón de la Villa San Guillermo. Dado el carácter cualitativo tanto del estudio como de la muestra, el estudio presenta limitaciones en términos de la generalización de sus hallazgos. Su objetivo es documentar la experiencia de habitar el espacio segregada más allá de las cifras, con miras de alimentar una discusión de largo alcance sobre pobreza, tiempo y bienestar, atendiendo a los significados producidos por los mismos sujetos que lo habitan.

tabla 1 | Características generales de la muestra

entrevistado/a

edad

descripción general

1

Mujer 1

40 años

Casada. Ocupación declarada: trabajo doméstico en su domicilio.

2

Mujer 2

55 años

Casada. Ocupación declarada: aseo en comisaría de la zona.

3

Mujer 3

50 años

Viuda. Ocupación declarada: trabajo doméstico en su domicilio. Está a cargo del cuidado de su nieto y de su hijo, que tiene epilepsia.

4

Mujer 4, Mónica

44 años

Casada. Ocupación declarada: propietaria de un almacén en Bajos de Mena, dos hijos.

5

Mujer 5

45 años

Separada. Ocupación declarada: trabajo doméstico en su domicilio y vendedora ambulante de comida. Está al cuidado de su hija embarazada y enferma de epilepsia.

6

Mujer 6

32 años

Separada. Ocupación declarada: vendedora informal de pasteles, dos hijos.

7

Hombre 1, Juan (Seudónimo)

53 años

Casado. Ocupación declarada: trazador en la construcción. Un hijo, no reside con él.

8

Hombre 2

26 años

Soltero. Ocupación declarada: estudiante de medicina.

9

Hombre 3

29 años

Soltero. Ocupación declarada: trabajo en supermercado y estudiante en jornada vespertina.

10

Hombre 4

47 años

Casado. Ocupación declarada: trabajo administrativo, Universidad de Chile. Empleo vespertino adicional, dos hijos.

11

Hombre 5

23 años

Soltero. Ocupación declarada: trabajador informal.

12

Hombre 6

46 años

Casado. Ocupación declarada: dueño de almacén en Bajos de Mena, dos hijos.

fuente: elaboración propia

Bajos de Mena, el emblemático conjunto de viviendas sociales donde se llevó a cabo esta aproximación etnográfica, está compuesto de 49 subconjuntos o villas. Conocido como “el gueto más grande de Chile” por sus condiciones de distancia y aislamiento, concentraba al año 2010 un total de 122.278 habitantes (Atisba, 2010), un 25% de la población total de la comuna de Puente Alto, una de las localidades más densas y pobladas de la Región Metropolitana. Las viviendas, construidas en la década de los noventa –un total de 29.444– estaban destinadas a población pobre y vulnerable, que accedía a ellas por medio de subsidios habitacionales y por el Programa Especial para Trabajadores (pet). Fueron entregadas entre los años 1996 y 1997. Apenas un año después, formaron parte de un escándalo nacional a partir de las serias fallas estructurales que hicieron imposible la habitabilidad de varios de estos conjuntos. Algunos fueron abandonados o demolidos, pero el grueso de la población permanece hasta el día de hoy habitando la zona. Con posterioridad a este escándalo esta área ha protagonizado otros conflictos de importancia, entre los que se puede destacar el originado por contaminación del suelo de las viviendas sociales construidas sobre el antiguo basural de La Cañamera. La población de estas viviendas pertenece mayoritariamente a los quintiles i y ii, el promedio de años de estudio de los jefes de hogar es de nueve años para los hombres y ocho para las mujeres (Censo 2002).

Bajos de Mena ha sido durante muchos años apuntado como uno de los ejemplos emblemáticos de una política de vivienda social que segrega los pobres a la periferia urbana, con los costos que ello implica en términos económicos, violencia y estigmatización (Bourdieu, 2010; Wacquant, 2013). Concentra una gran cantidad de viviendas sociales, todas ellas construidas desde la modificación del Plan Regulador comunal en 1994 que, frente a la escasez de suelo urbano, buscó dar solución al problema del emplazamiento de la vivienda social y erradicación de campamentos. En estas primeras etapas, se otorgaron 21 permisos de edificación por un total de 19.405 unidades, la mayoría con un tamaño no mayor a 50 m2 (Hidalgo Dattwyler et al., 2017, p. 96). Con posterioridad a estas etapas iniciales, la construcción en el área no se ha detenido, pese a los múltiples conflictos observados.

La condición de gueto del sector está definida no solo por la homogeneidad de sus habitantes en términos socioeconómicos, sino también por su aislamiento en términos de acceso a servicios, conectividad y tiempos de traslados, que con el tiempo inscribe sobre la distancia física una distancia simbólica que agudiza la sensación de habitar en los márgenes. De hecho, Bajos de Mena se encuentra a 38,2 kilómetros del centro político de la ciudad, La Moneda, una distancia que puede convertirse en casi dos horas y media de viaje en transporte público. Según el trabajo de Hidalgo Dattwyler et al. (2017, p. 100), en la medición de satisfacción residencial declarada en los distintos conjuntos habitacionales que componen Bajos de Mena, es precisamente la conectividad, en conjunto con la seguridad y limpieza, la que muestra peores niveles en los residentes.

Los resultados de esta investigación muestran que, en la cotidianidad de los márgenes urbanos, la pobreza de tiempo tiene un efecto particularmente negativo en las mujeres, lo que incide con especial fuerza en la necesidad de utilizar enfoques interseccionales (Crenshaw, 1991) a la hora de mirar la pobreza. Para dar cuenta de ello, se presentan los resultados del análisis –tanto de entrevistas como del material recabado en el proceso etnográfico–, organizados en torno a los siguientes ejes: tiempos de trabajo remunerado, de trabajo doméstico y de cuidado, de ocio/descanso/sociabilidad y de traslado.

Tiempo de trabajo

El espacio urbano segregado de la vivienda social en el caso de Bajos de Mena es un ámbito feminizado durante el día, cuando solo circulan y se ven mujeres por la calle y dentro de las casas. Todas las mujeres entrevistadas se encuentran fuera del mercado laboral formal, todas ellas por decisiones familiares vinculadas a la necesidad de cubrir el trabajo doméstico y de cuidado del hogar (Tabla 1). Los hombres entrevistados trabajan “afuera” –a excepción de uno de ellos, que es comerciante–, lo que hace difícil contactarlos y entrevistarlos, así como también verlos. Quienes trabajan fuera, salen a las 6 de la mañana y vuelven alrededor de las 20:30 horas. Sus jornadas laborales remuneradas comienzan a las 8 de la mañana y terminan a las 18:00 horas. Sus tiempos de viaje son de cerca de dos horas. Estos horarios se vuelven completamente incompatibles tanto con el trabajo doméstico como con el ciclo de cuidado de los hijos, razón por lo que las familias se ven en la necesidad de decidir si el padre o la madre debe dejar de trabajar, o bien debe trabajar parcialmente para cuidarlos. Esto coincide con lo observado a nivel mundial, y también en Chile, en el sentido de que los tiempos de traslado de las mujeres en hogares biparentales con hijos son siempre menores a los del hombre, mientras que cuando los tiempos de traslado de los hombres se comparan con los de mujeres solteras sin hijos, no aparecen grandes diferencias (Herrera & Razmilic, 2018). Esto se debe normalmente a la distribución al interior del hogar de los tiempos de cuidado y trabajo doméstico, que finalmente terminan empujando a las mujeres a reducir su jornada fuera del hogar, modificar su empleo hacia lugares cercanos o abandonar su trabajo, con todos los costos en términos de remuneraciones que ello implica (Anxo et al., 2011; Bianchi et al., 2012; Ferrant et al., 2014; Zilanawala, 2016). En esta misma investigación para el caso chileno, los datos de la Encuesta Nacional de Caracterización Socioeconómica de los hogares chilenos (casen 2015) muestran una correlación negativa a nivel comunal entre los tiempos de viaje al trabajo de los residentes de la comuna y los salarios para las mujeres que viven en ella, y que mayores tiempos de traslado promedio de la comuna están correlacionados con menores salarios para las mujeres residentes en la misma (Herrera & Razmilic, 2018, p. 28).

En esta línea, lo observado en la etnografía es que las mujeres abandonan sus trabajos o mantienen trabajos que les permiten acompañar a sus hijos en sus viajes a la escuela y realizar las tareas domésticas en el marco de un hogar que no daría abasto en materia de cuidados si se integraran a un empleo formal de jornada completa. Al vivir en un espacio con pocos servicios y empleos, su única opción para allegar recursos es quedarse en el sector informal al interior de Bajos de Mena: venden en la feria en la zona de los informales –son “coleras”3–, lavan alfombras, cosen o fabrican ropa y zapatos para grandes tiendas en sus domicilios, venden comida o enseres diversos. Sus actividades económicas constituyen un complemento del ingreso familiar, en el caso de que el hogar sea biparental. Para los hogares monoparentales, ellas mantienen una precaria economía con base en ingresos informales como los señalados. Esto afecta el uso del tiempo en tanto finalmente desempeñan varios trabajos a la vez y/o trabajan muchas horas adicionales a la carga doméstica para poder tener un ingreso que, aunque mínimo, les permita contribuir al mantenimiento del hogar, si no solventarlo completamente. Todo ello, finalmente, va consumiendo su tiempo personal y de descanso:

Varias señoras llegan a la reunión que organizamos con bolsas de trabajos que están avanzando. Mientras escuchan lo que les contamos, van terminando de coser unos “pitutos”, explican. En la sala se van apilando materiales y ropa. Intercambian consejos mientras aprovechan de avanzar en una costura que no requiere de atención, pero sí de una destreza manual que parece imposible. Si bien la reunión finaliza a las 21:00, todas ellas dicen que llegarán a su casa a terminar las labores después de hacer las últimas cosas en su casa. Una de ellas cuenta que tiene un “emprendimiento” de lavado de alfombras. Cuenta que a pie pelado y armada con una escoba, lava las alfombras con una manguera en plena calle, cuando los hijos están en el colegio. Es la dinámica del trabajo sin fin. (Notas de campo etnográficas, Bajos de Mena, noviembre 2019)

Al hablar con ellas, dicen que su vinculación al trabajo de cuidado se vuelve el principal impedimento para su ingreso al mercado formal del trabajo: las guarderías del Estado abren solo hasta las 16:00 horas, y una vez por mes los niños salen de ellas a las 12:00 horas. Lo mismo sucede con las escuelas. Considerando los tiempos de traslado, la disponibilidad que pueden mostrar frente a un empleador es poca: así “no hay jefe que aguante”, señalan. Agrava esta situación la lejanía de sus redes familiares. En el actual modelo de asignación de vivienda social, las familias postulan y se les ofrecen dos o tres opciones de vivienda disponibles previamente determinadas, que muchas veces se hallan lejos de donde se encuentra viviendo la familia actualmente. El tiempo que consume llevar a los niños a la casa de los abuelos o que ellos viajen a buscarlos, hace que esta opción sea descartada por las familias. Sin arraigo ni redes, las mujeres que habitan estos espacios segregados se mantienen en Bajos de Mena a cargo del cuidado, fortaleciendo la asociación entre pobreza, trabajo precario remunerado y población femenina, largamente documentada en la literatura (Chant, 2003; Szasz, 1994; Villanueva & García, 2017).

En el caso de los hombres, el tiempo de trabajo es el que gobierna sus días. Pasan la mayor parte del tiempo fuera de la vivienda. La etnografía móvil de Juan lo muestra con claridad: se levanta a las 5:00, apenas toma desayuno de pie y camina hacia el bus de la empresa que lo lleva a Chicureo, donde trabaja como trazador, de 8:00 a 18:00 horas. Cuenta con una hora para almorzar. Al volver a su casa, tiene algunas horas para compartir con su pareja actual:

En Chile no les interesa la calidad de vida de las personas. Los jefes dejan que nos matemos, nomás; les da lo mismo. Yo creo que si trabajara menos trabajaría mejor, porque llevaría la felicidad de la casa al trabajo y eso haría que todo saliera mejor, porque trabajaría pensando que en mi casa lo pasé bien. Ahora en mi casa no hago nada. (Juan, Bajos de Mena, 2018)

Tiempo de cuidado y trabajo doméstico

El rol de las mujeres en el trabajo no remunerado es claramente visible en Bajos de Mena: con trabajadores que pasan cerca de 14 horas fuera de su domicilio en función de su empleo remunerado, toda labor doméstica se comprende como una carga adicional que se vuelve insostenible para los hombres, a menos que haya otra persona, contratada o no contratada, que pueda limpiar la casa, lavar ropa, cocinar, hacer las compras y todo lo que a ellos les permite levantarse a las 6 de la mañana, ir a su trabajo y volver a las 20:00 horas. En todos los casos, las mujeres son quienes desempeñan las labores domésticas mencionadas: “Los hombres descansan más que uno, ¿cierto? El hombre trabaja harto, pero descansa. Una, como dueña de casa, nunca” (Andrea, Bajos de Mena, noviembre 2019). Dentro de este trabajo no remunerado, una parte fundamental es el trabajo de cuidado, que si bien contempla de manera importante a los hijos pequeños, también refiere al cuidado de ancianos y personas con movilidad reducida.

En la cotidianidad de las mujeres entrevistadas y observadas, el trabajo de cuidado es lo que marca la temporalidad de los días. Quienes tienen hijos pequeños, al despertar los alistan para el colegio, preparan su ropa, desayuno y van a dejarlos. Luego de esto, el tiempo que tienen lo distribuyen entre todas las tareas domésticas y remuneradas que puedan llevar a cabo mientras los niños no están. Luego deben ir a buscarlos, darles la “once” –la merienda– y supervisar las horas de estudio y juego, cuando hay tiempo. Luego preparan todo para el día siguiente, y vuelta a empezar. En este trabajo de cuidado también está contemplado aquel referido a todos los trámites relacionados con los servicios públicos de salud, que en la mayoría de los casos demandan gran cantidad de tiempo de espera. Por ejemplo, pedir hora para los especialistas, controles del programa Chile Crece Contigo, vacunas, ir a buscar leche o remedios y otros aspectos relativos a la gestión de la institucionalidad del dispositivo de salud en el territorio, implican alta disponibilidad de tiempo por parte de los hogares, tarea normalmente depositada en las mujeres. El sistema de acceso a la salud, en todas sus vertientes, está pensado para personas que no tienen jornadas laborales estables y rígidas, ya que la mayor parte de los apoyos se estructuran en forma de una horario y disponibilidad de “lo tomas o lo dejas”. Por esta razón, hay presencia casi exclusivamente femenina en las salas de espera del consultorio de Bajos de Mena, situación que se repite en los negocios a la hora de almuerzo y en el horario de recogida de los niños de las escuelas y centros de educación inicial.

Durante la etnografía móvil, Mónica nos cuenta que abandonó su trabajo como vendedora para empezar con su almacén cuando nació su primer hijo. Durante todo este tiempo, ella ha compatibilizado la crianza con el trabajo en el negocio; incluso mientras la acompañamos a vender, está preocupada de que sus hijos hagan sus tareas, que coman bien y que “no pasen todo el rato en la calle”. En este caso, su marido, aunque presente en el lugar, no participa directamente de esta actividad. En el caso de Juan, su hijo vive con su madre en otra comuna del sur de la ciudad, La Granja. Dada la distancia y los tiempos de trabajo, en la semana no puede visitarlo y solo lo ve un día del fin de semana. En el caso de los hombres entrevistados, es poco lo que aportan al trabajo doméstico, aunque todos ellos declaran “ayudar” de vez en cuando, ya sea yendo a comprar algunas cosas o reparando algo. Normalmente este aporte se concentra los fines de semana, ya que durante los días laborales las horas fuera del trabajo remunerado son destinadas normalmente a comer y descansar. Los fines de semana, los hombres suelen ir a la feria libre a cargar las compras, reparan muebles, se preocupan de los pequeños jardines que tienen las viviendas, lavan los vehículos, quienes tienen uno. Durante la etnografía móvil realizada con Juan, se pudo observar que todo el trabajo doméstico de su hogar era realizado por su pareja, a excepción de algunas compras y de su propio desayuno, que tomaba a las 5:30 horas en su domicilio, de pie, justo antes de salir a tomar el transporte de la empresa.

Tiempo de traslados

En Bajos de Mena, los tiempos de traslados y las condiciones en las que estos se desarrollan son un tema constante en las conversaciones. La mayor parte de los paraderos o estaciones donde es posible acceder al transporte se encuentra en las vías principales que rodean la población, por lo que el tiempo de caminata desde los domicilios puede llegar a los veinte minutos o media hora. Durante el trabajo de campo, quienes participaron del estudio señalaron que las distancias de viaje eran su principal dificultad cotidiana, y que el centro de la ciudad, el acceso a servicios y conectividad estaban para ellos en la plaza de Puente Alto y no en las comunas centrales de Santiago, a 5,9 kilómetros, casi una hora de viaje en transporte público, 15 minutos en vehículo particular. En este punto también hay que considerar las múltiples combinaciones que deben hacer en los distintos sistemas de trasporte y las condiciones y costos de los traslados hacia el territorio. Los traslados en las horas de máxima demanda para quienes no tienen transporte de empresas se realizan normalmente primero en una línea de Metro atestada, y luego en buses igualmente repletos. Respecto a los costos, hay zonas completas de Bajos de Mena a las cuales solo se puede acceder a través de taxis colectivos que conectan a la línea 4 de la red Metro. Esta forma de transporte incrementa el gasto en movilidad de las familias, puesto que el transporte en colectivo no se encuentra integrado a la Red Metropolitana de Movilidad (ex Transantiago), la cual cobra por viaje, ya sea en bus o en metro, pero no integra el colectivo.

figura 1 | Desplazamientos recurrentes, agrupados por género

fuente: elaboración propia con base en información de entrevistas

Los tiempos de traslado afectan de manera diferente a hombres y mujeres (Figura 1). Las mujeres salen poco de Bajos de Mena, si no es por una situación puntual de hacer trámites en alguna institución pública, generalmente ubicadas en el Municipio de Puente Alto. Para no desplazarse, adquieren casi todas las cosas necesarias, desde ropa hasta medicamentos, en la feria libre de la población. Los resultados de la investigación van en la línea de lo que muestran los estudios sobre movilidad desde una perspectiva de género (Alcaíno et al., 2010; Figueroa & Waintrub, 2015; Jara-Díaz & Candia, 2017; Jirón, 2007), y con los datos de la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo (enut 2015, en Instituto Nacional de Estadísticas [ine], 2015): las mujeres se desplazan menos no solo por el tiempo, sino también porque el momento de traslado es percibido como de alta peligrosidad para ellas, a todas horas y en cualquier tipo de medio de transporte, en particular a pie. Considerando lo escaso del tiempo y la peligrosidad que las entrevistadas identifican en la zona, intentan permanecer lo menos posible en traslados, lo que aumenta su sensación de aislamiento. En el caso de los hombres, el tiempo de traslado afecta directamente su tiempo de descanso, al extender su jornada casi dos horas después de su término. En este caso los traslados, al ser tan extensos, se convierten en momentos en los que se duerme, se sociabiliza o se ve televisión en los teléfonos, cuando es posible. Se considera parte del tiempo de trabajo y, por esto, los fines de semana y tiempo libre los traslados se intentan reducir al mínimo.

Tiempo de ocio, descanso y sociabilidad

Existe consenso en que el tiempo de ocio y descanso es fundamental para el bienestar de las personas: la profusa literatura sobre la importancia del descanso en términos físicos y mentales lo demuestra. Por ejemplo, según Lockley y Foster (2012), el sueño y descanso tienen un impacto significativo en el comportamiento individual, influenciando, entre otras cosas, el aprendizaje, la eficiencia en el lugar de trabajo, alerta y respuesta a estímulos, bienestar generalizado; todo ello además de ser el foco de una industria multimillonaria apuntada a que la gente duerma mejor, se relaje y descanse en sus momentos libres. El sueño y el descanso han sido, por otra parte, un tópico importante en los análisis del bienestar por parte de las ciencias médicas y de salud, con estudios enfocados en el desempeño cognitivo, memoria, toma de decisiones, razonamiento y resolución de problemas, alerta, cansancio y accidentes (e.g. Gildner et al., 2014; Higgins et al., 2017; Johnson et al., 2011; Liu et al., 2015; Turner et al., 2007; Van Dongen et al., 2003), obesidad (e.g. Cappuccio et al., 2008; Golley et al., 2013; Lyytikäinen et al., 2011; Olds et al., 2011; Stranges et al., 2008; Taheri et al., 2004), salud generalizada (e.g. Ellenbogen, 2005; Gislason & Almqvist, 1987; Gottlieb et al., 2005, 2006; Hale, 2014) y calidad de vida (Strine & Chapman, 2005). Sin embargo, cuando hablamos de pobreza, hay poca investigación al respecto, la que se centra primordialmente en la satisfacción de necesidades básicas, entre las cuales pocas veces se toma en consideración el ocio y el descanso como una necesidad de igual importancia que alimentarse, vestirse y tener una vivienda. Esta mirada atraviesa los desarrollos del enfoque de capacidades de Sen (1979, 1997, 2012), que subrayan la necesidad de establecer dimensiones y umbrales culturalmente situados a la hora de hablar de un bienestar que contemple integralmente a los seres humanos.

La perspectiva señalada permite acercarse de manera distinta a la cotidianidad de la vivienda social segregada, en la cual el tiempo de ocio y descanso se vuelve un nudo crítico a través del cual es posible observar el bienestar. El tiempo de descanso y ocio, pese a su importancia, es el primero en ser sacrificado, sobre todo en las mujeres. Se prioriza el trabajo remunerado, no remunerado, de traslado y de cuidado. Las mujeres “no paran”: la observación etnográfica mostró que, pese a que Mónica era trabajadora de su almacén en casa y, por ende, no tenía tiempos de traslados significativos, se encontraba trabajando desde las 7 de la mañana a las 11 de la noche, ya sea en función de su comercio o del trabajo doméstico y de cuidado de sus dos hijos. Se levantaba a las 6:00 horas para preparar y limpiar el almacén, tomaba todas sus comidas en el mostrador, mientras cocinaba y limpiaba su casa cuando el flujo de compradores bajaba. Cuando había otro respiro, se sentaba a cortar verduras que vendía preparadas en bolsas, mientras ponía la ropa en la lavadora y daba de comer a las mascotas. Sus hijos, ambos varones que cursaban estudios secundarios, permanecían viendo televisión en el segundo piso la mayor parte del tiempo, y solo bajaban para comer o juntarse con amigos. Su marido, también involucrado en el negocio, es el encargado de tratar con los proveedores y salir de Bajos de Mena para comprar los abastecimientos necesarios. Mónica trabaja siete días a la semana en su almacén, no teniendo espacio para el descanso más que de las once de la noche a las seis de la mañana Su tiempo de sociabilidad está situado en el almacén, con los mismos clientes, ya que no puede dejar su negocio para visitar familiares y/o amigos fuera de él. Como ocio, Mónica va una vez a la semana a la feria libre de Bajos de Mena, donde, mientras compra y “vitrinea”,4 aprovecha para tomar “un poco de aire”. Como Mónica, en el día a día de las mujeres observadas, el ocio y el descanso no forman parte de su vida en este periodo.

En el caso de los hombres, la mitad de quienes participaron en la investigación estudiaba de manera vespertina en instituciones técnicas y/o universitarias privadas, además de trabajar jornada completa. Saliendo alrededor de las 6:00 de su casa, quienes estudiaban de manera vespertina regresaban alrededor de las 23:00, mientras que quienes no estudiaban regresaban alrededor de las 19:30 o 20:00 horas. Quienes estudiaban aludían a un sacrificio en términos de su tiempo de descanso y ocio, con miras a acceder a un mejor empleo, aunque reconocían que, a lo largo de los meses o años, ello había afectado su salud. En estos casos, el tiempo de descanso se situaba en el límite: alrededor de cinco o seis horas de sueño. Cuando hablaban de sociabilidad y ocio, señalaban que a veces se tomaban una cerveza en la casa con alguien, pero que era algo muy esporádico, porque preferían dormir. La etnografía móvil mostró resultados en esa línea: tanto Juan como Mónica terminan su jornada laboral y no hacen nada más que comer algo mientras miran “Pasapalabra”.5 Ninguno recibe visitas ni asiste a algún espectáculo o actividad cultural o deportiva. Esto se conjuga con uno de los elementos claves de la vivienda social segregada: la falta de espacios recreativos y oferta de eventos culturales, deportivos o recreativos accesibles.

Juan está dedicado a su trabajo desde las 5:00 hasta las 20:30 horas. Nos cuenta que esto lo deja sin ánimos de ni siquiera “sonreírle a su pareja” y que en esta época es más pesado su trabajo, ya que deben trabajar bajo sol. Su amargura se transmite por un largo silencio sin dramatismo. Casi no sale de la población. (Notas de campo etnográficas, Bajos de Mena, noviembre 2019)

Conclusiones

Si bien la investigación sobre pobreza en el mundo ha avanzado enormemente en las últimas décadas, todavía queda bastante por indagar en términos de establecer una noción de pobreza centrada en el bienestar y que visibilice los distintos elementos que forman parte de él. En ese sentido, introducir el factor tiempo en un análisis de pobreza resulta central para observar cómo la distribución de los tiempos de traslado, cuidado, trabajo remunerado, trabajo doméstico y ocio, van configurando experiencias sumamente desiguales en los individuos, sobre todo si atendemos a la variable género. Desde esta perspectiva, observamos que la cotidianidad de los espacios segregados en la Región Metropolitana, configurados a partir de las políticas públicas de vivienda social, van produciendo y reproduciendo desigualdades importantes en términos del uso del tiempo. Mirar estas desigualdades a partir de una mirada cualitativa y etnográfica ofrece una puerta de entrada privilegiada para comprender la experiencia de vivir en sociedades desiguales.

En ese sentido, los resultados de la investigación hablan de una cotidianidad al límite de la sobrevivencia, donde los sujetos pasan la mayor parte de su día en función del trabajo remunerado y no remunerado y, pese a ello, se mantienen en el límite de la población más pobre del país. Vemos personas que habitan en un espacio en el que ni la recreación ni el ocio son posibles, y donde la débil accesibilidad a servicios de todo tipo dificulta sus posibilidades de acceso a mejores oportunidades. Pero no solo esto: el trabajo etnográfico mostró las dinámicas de un trabajo sin fin y de un descontento larvado en cada uno de los y las entrevistadas. La mirada etnográfica permite detectar una carga de sensibilidad, descontento y malestar susceptible de configurar escenarios de violencia, que están siempre sobre la mesa a la hora de hablar de espacios segregados y que resultan hoy particularmente interesantes para el caso chileno, a partir de los eventos de octubre de 2019.

Originalmente la investigación se planteó acotadamente en torno a la noción de pobreza de tiempo de los más pobres, sin distinción de género, pero a poco andar la dimensión de género se hizo cada vez más importante y visible. Sin duda, el concepto de pobreza de tiempo permite precisamente relevar y distinguir el trabajo doméstico y de cuidado como parte de aquello que permite la sobrevivencia de los hogares, la misma que precisamente se encuentra en jaque en los hogares pobres y usuarios de la vivienda social. Es a través de la sobrecarga de las mujeres que, finalmente, estos hogares logran suplir todas las tareas que requieren tiempo y que no pueden pagar en el mercado, afectando directamente su bienestar y trayectoria vital. La ubicación segregada de la vivienda social ha sido un factor importante en la salida de las mujeres entrevistadas del mercado laboral, reteniéndolas en el circuito informal y con ingresos sumamente precarios, y reforzando con ello las dinámicas de la llamada “feminización de la pobreza”. En tales términos, este artículo buscaba poner sobre la palestra precisamente todas estas aristas en la discusión sobre pobreza y vivienda social, aportando a futuras discusiones sobre políticas públicas en la materia.

Agradecimientos

Este trabajo fue financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (anid), Iniciativa Científica Milenio, Centro para el Impacto Socioeconómico de las Políticas Ambientales (cesiep, Código ncs13_004); por el Centro de Estudios del Conflicto y la Cohesión Social (coes), anid/fondap/n° 15130009; y por el Centro Interdisciplinario de Estudios Interculturales e Indígenas (ciir), anid conicyt/fondap/n° 15110006. Agradecimientos a Carolina Frías y Lorena Aránguiz por su trabajo de campo inicial en este proyecto, así como a todos los vecinos y vecinas de la Villa San Guillermo que participaron en este trabajo. Especiales agradecimientos al ojo crítico de los pares evaluadores, quienes ayudaron sustancialmente a mejorar este manuscrito en su versión final.

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1 Según Patton (2002), son muchos los factores que determinan el muestreo cualitativo. Sin embargo, el criterio primordial para su fijación es la “saturación” de información, esto es, el punto en que una entrevista adicional no proporciona ninguna información relevante nueva. La forma en que este punto teórico de “saturación” y “número de entrevistas” se alcanza es difícil de establecer. Guest et al. (2006) señalan que doce entrevistas son suficientes cuando se trata de un grupo relativamente homogéneo, condicional en variables como la estructura y el contenido de la entrevista, su complejidad y otros factores operativos. En este caso, el grupo es altamente homogéneo y la información fue triangulada con otras técnicas de investigación.

2 Los nombres de los entrevistados citados en el artículo que así lo requirieron fueron cambiados, para proteger su privacidad, utilizándose un seudónimo.

3 Término coloquial que alude a quienes se instalan informalmente al final de las ferias libres –a la “cola”– a vender sin pagar el permiso municipal correspondiente.

4 Coloquial: ir observando lo que se ofrece en las vitrinas de las tiendas casi siempre como pasatiempo o eventualmente para hacer una compra conveniente.

5 Programa de concursos emitido por la televisión abierta chilena. Réplica del formato de la versión de la televisión española, con la que la británica itv Studios Global Entertainment mantiene un litigio por el uso de la marca.

vol 48 | no 143 | enero 2022 | pp. 1-21 | artículos | ©EURE

doi: 10.7764/eure.48.143.05 | issn digital 0717-6236

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Castillo, M., Sanhueza, C., Rosales-Salas, J., & Sandoval, D. (2022). Pobreza de tiempo, género y vivienda social en Santiago de Chile. Un análisis cualitativo. Revista EURE - Revista de Estudios Urbano Regionales, 48(143). doi:https://doi.org/10.7764/EURE.48.143.05
Castillo, Mayarí, Claudia Sanhueza, Jorge Rosales-Salas, & Diego Sandoval. "Pobreza de tiempo, género y vivienda social en Santiago de Chile. Un análisis cualitativo." Revista EURE - Revista de Estudios Urbano Regionales [Online], 48.143 (2022): s. p. Web. 17 ene. 2022