Vol.
41

122
2015
6. RASSE

Juntos pero no revueltos. Procesos de integración social en fronteras residenciales entre hogares
de distinto nivel socioeconómico[1]

Alejandra Rasse. Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.

resumen | Las secuelas negativas de la segregación residencial de los hogares más pobres han sido ampliamente descritas, pero poco se sabe sobre las consecuencias de la proximidad entre hogares de distinto estrato socioeconómico. Los estudios existentes no llegan a consenso: la proximidad es interpretada por algunos como una expresión distinta de exclusión; otros piensan que esta cercanía permite mejorar las oportunidades de integración de los hogares de menores ingresos. Este estudio busca aportar a esa discusión retrotrayéndose a las dinámicas subyacentes a las consecuencias de la proximidad residencial en términos de inclusión y cohesión social. Por medio de un estudio cualitativo de casos, se concluye que la proximidad se asocia a dinámicas de inclusión social de los vecinos de menores ingresos y al reforzamiento de la cohesión social, al hacer evidentes elementos transversales de pertenencia a un proyecto social común. Esto se debilita cuando la distancia social es demasiado grande, y en casos con historial de violencia.

palabras clave | integración social, segregación, barrios cerrados.

abstract | Negative consequences of residential segregation are well known. However, little has been said about the results of proximity among different income households. Different studies have arrived at varying conclusions: in some research proximity appears as a different expression of exclusion; in others, residential proximity emerges as an opportunity for integration among low-income households. The aim of this study is to add to this debate by analyzing the social dynamics underlying residential proximity. Through qualitative case studies, this work concludes that proximity is related to both dynamics of social inclusion for low income residents, and to the reinforcement of social cohesion. Such positive effects are possible because proximity clearly shows a shared belonging to a social project of mobility. However, this common project and its positive effects become weaker when social distance is too large, and in cases with a history of violence.

keywords | social integration, segregation, gated communities.

Recibido el 25 de enero de 2013, aprobado el 27 de junio de 2013

E-mail: alejandrarasse@gmail.com

Correspondencia: Pontificia Universidad Católica de Chile, Escuela de Trabajo Social, Vicuña Mackenna 4860, 7820436, Macul, Santiago.

Introducción

Durante las últimas décadas, las ciudades chilenas han experimentado fuertes procesos de segregación residencial (Ducci, 2000; Sabatini, Cáceres & Cerda, 2001; Sabatini, 2003; Arriagada & Rodríguez, 2003; Sabatini & Cáceres, 2004; Hidalgo, 2004; Borsdof & Hidalgo, 2004; Sabatini, Wormald, Sierralta & Peters, 2007). La asignación del suelo mediante el mercado, junto con instrumentos de planificación territorial permisivos y una fuerte política de subsidio a la demanda para la provisión de vivienda económica, han llevado al desarrollo de amplios sectores de la ciudad que concentran hogares de altos ingresos y, por contrapartida, al surgimiento de barrios de pobreza homogénea, situados en la periferia de la ciudad, y con una deficiente integración urbana. Como resultado, se han generado diversos problemas sociales y un importante deterioro de la calidad de vida de las familias de estos últimos sectores (Sabatini, Salcedo & Wormald, 2008; Flores, 2006; Sierralta, 2008).

En paralelo a lo anterior, el desarrollo de grandes capitales inmobiliarios ha posibilitado el surgimiento y auge de un nuevo tipo de desarrollo: el barrio cerrado (Sabatini, 1997; Sabatini & Cáceres, 2004; Hidalgo, 2004; Sabatini & Salcedo, 2007; Sabatini, Wormald et al., 2007). Este tipo de proyecto inmobiliario se basa en la transformación de grandes paños, localizados en la periferia popular, en condominios cerrados orientados a familias de ingresos medios y altos, de forma tal que sus residentes hacen su vida cotidiana al interior de los límites del condominio, y cuando salen, se conectan al resto de la ciudad por medio de grandes vías o autopistas, lo que los exime de relacionarse con el entorno inmediato del condominio. Este tipo de desarrollo no solo incrementa la renta del suelo para el desarrollador, sino que genera nuevas situaciones de proximidad entre hogares de distinto nivel socioeconómico.

La coexistencia de ambos procesos ha contribuido a que hoy sea posible distinguir dos formas de pobreza urbana en las ciudades chilenas[2]: la que se da en contextos de altos niveles de segregación a gran escala, y la que se experimenta en proximidad con conjuntos habitacionales de ingresos medios y altos (Sabatini, Campos, Cáceres & Blonda, 2006). Mientras los efectos de la segregación de los hogares de menores ingresos están ampliamente descritos en la literatura sobre el efecto barrio, estigma y geografía de oportunidades, los efectos de la proximidad han sido menos explorados, sin que se haya llegado a un consenso interpretativo al respecto.

En un extremo, algunos autores señalan que la proximidad hace más evidente la confrontación, al acortar las distancias físicas entre hogares de menores ingresos y aquellos de ingresos más altos; en este sentido, se interpreta esta proximidad como un aumento de la segregación efectiva (Hidalgo, 2004; Pérez, 2009). Se señala también que los muros y rejas que separan a estos barrios cerrados de su entorno de menores ingresos pueden ser considerados violencia simbólica. En el otro extremo hay autores que señalan que esta proximidad puede traer consecuencias positivas a los hogares de menores ingresos, en la medida en que implica mayores oportunidades de acceso al comercio y servicios, y trae al sector nuevas oportunidades de trabajo, entre otros (Sabatini & Cáceres, 2004; Salcedo & Torres, 2004; Gatica, 2004; Hidalgo, 2004; Sabatini, Campos et al., 2006; Sabatini & Salcedo, 2007; Sabatini, Wormald et al., 2007).

Más allá de la disparidad de opiniones sobre el tema, en general los trabajos están centrados en la identificación de los resultados de la proximidad, más que en una descripción de los procesos sociales asociados a ella. El presente estudio pone foco específicamente en ese tema: comprender los procesos sociales que se generan como producto de la proximidad residencial entre hogares de bajos ingresos y hogares de ingresos altos y medios. El supuesto sobre el que se orientó la indagación es que la proximidad desencadena procesos de diversa índole: por un lado, estructurales, vinculados a la lógica con que actualmente se construye la ciudad y que estarían en la base de los efectos positivos que la literatura asocia a la proximidad; y por otro, simbólicos, relacionados con la configuración de las identidades asociadas al territorio. Respecto de estos últimos, se carecía de claridad respecto de sus componentes o consecuencias potenciales, siendo alternativas posibles tanto el conflicto como la indiferencia, según lo revisado en la bibliografía.

Marco conceptual

Para entender las consecuencias de una determinada configuración espacial en términos de integración, se hace necesario distinguir con claridad la noción de segregación residencial del concepto de integración social.

Segregación residencial

La segregación residencial refiere a la distribución de los distintos grupos sociales en el espacio. Se entiende por segregación “el grado en que uno o más grupos viven separados entre sí, en diferentes partes del entorno urbano” (Massey & Denton, 1988, p. 282, traducción propia).

Esta definición permite relevar tres temas. En primer lugar, es importante aclarar que la contracara de la segregación residencial no es la integración: no es posible afirmar que si disminuye la segregación aumentará la integración. Mientras la segregación residencial apunta a la configuración espacial de la ciudad, la integración social refiere a los vínculos sociales que dan forma a la sociedad. En la medida en que la segregación se define como el grado de separación espacial de dos o más grupos sociales, el opuesto de la segregación es la proximidad entre dichos grupos.

En segundo lugar, si bien la segregación residencial implica la definición de grupos o categorías sociales, el énfasis está en la configuración espacial de los grupos, que es lo que se busca describir, explicar y analizar en términos de sus implicancias. Las categorías sociales son, para estos efectos, “dadas”, y lo que aparece como relevante es su disposición espacial. Esto no implica, sin embargo, desconocer que esta disposición espacial proviene de las características sociales de los grupos en cuestión (capacidad de pago, estigma o discriminación, gustos y estilos de vida), en su interacción con el mercado de suelos de una determinada ciudad.

El tercer elemento es que, si bien en el análisis de la segregación las categorías sociales son dadas, las configuraciones espaciales, por el contrario, son procesuales. Esto quiere decir que el grado de segregación de una ciudad, o de alguno de sus sectores, es producto de diversos procesos de segregación, agrupamiento, desagregación, etcétera, tanto simultáneos como secuenciales, que van dejando como producto un cierto patrón de segregación. Estos procesos pueden ser voluntarios o forzosos, y sus consecuencias, deseables o indeseables desde el punto de vista de las políticas públicas (Marcuse, 2003).

Integración, inclusión y cohesión social

La interrogante sobre qué hace posible representarse la sociedad como una unidad, más allá de las particularidades de cada individuo y de los sucesivos procesos de diferenciación social (Luhmann, 1998), ha sido abordada desde diversas perspectivas a lo largo del tiempo.

Uno de los primeros (y más importantes) enfoques en relación con este tema es el de Durkheim ([1893] 1995), para quien la sociedad se mantiene unida como un todo gracias a la solidaridad entre sus partes, que las lleva a trabajar de modo cooperativo. En el caso de las sociedades tradicionales, esta solidaridad se daba gracias a la existencia de creencias y valores compartidos que orientaban la acción de cada uno de los miembros hacia un fin común; Durkheim llama “solidaridad mecánica” a este tipo de solidaridad. En el caso de las sociedades industrializadas, en cambio, se da una solidaridad orgánica, que consiste básicamente en la interdependencia, en la necesidad de cada una de las partes de que las demás realicen sus funciones para poder sobrevivir. De este modo, mientras en la primera la cooperación está dada por la norma, en la segunda está garantizada por la interdependencia.

Una perspectiva similar fue previamente desarrollada por Tönnies ([1887] 1947), quien diferencia entre dos tipos de colectividades: las comunidades y las sociedades. Mientras en las comunidades la naturaleza del vínculo entre las personas es la sociabilidad y la unidad se da por medio de las normas y creencias compartidas, en las sociedades el vínculo es más bien asociativo, y la unidad se da en la cooperación hacia fines compartidos.

Más allá de la distinción entre tipos de sociedades, lo central a estas perspectivas es la distinción de dos planos en los cuales se genera la unidad de la sociedad: un plano normativo y un plano funcional. Siguiendo a Merton (1968), es posible distinguir analíticamente una estructura cultural y una estructura social de la sociedad: “la estructura cultural puede definirse como el cuerpo organizado de valores normativos que gobiernan la conducta que es común a los individuos de determinada sociedad o grupo. Y por estructura social se entiende el cuerpo organizado de relaciones sociales que mantienen entre sí diversamente los individuos de la sociedad o grupo” (p. 240).

Si bien es posible distinguir una transición entre aquellas sociedades cuya integración se da normativamente y aquellas cuyo fundamento de integración es más bien funcional, también es posible concebir ambos planos como coexistentes: cada sociedad puede ser comprendida como un todo, en términos tanto normativos como funcionales.

La dimensión normativa de la integración de la sociedad es generalmente abordada desde el concepto de cohesión social. La dimensión funcional de la integración, en cambio, puede ser entendida desde la noción de inclusión social.

Por cohesión social se entiende la existencia de una base normativa y parámetros de valoración compartidos por un grupo de individuos, que los dispone positivamente a vincularse entre sí o, simplemente, a considerarse parte de un mismo todo social. El opuesto a la cohesión social es la anomia. Desde las definiciones dadas por Durkheim ([1893] 1995) o Merton (1968), es posible comprender la anomia como la falta relativa de normas de una sociedad o un grupo. La anomia, en este sentido, es también una característica del colectivo, no de los individuos, y refiere a la fragmentación de la unidad normativa de un determinado grupo.

Por inclusión social se entiende usualmente la participación o acceso de los individuos a las oportunidades y recursos existentes en la sociedad. Son diversas las perspectivas teóricas que abordan la inclusión, pero todas las definiciones tienen dos elementos en común, centrales al concepto: el modo en que los individuos quedan vinculados a la estructura social, y los arreglos institucionales de acuerdo con los cuales se distribuyen los recursos y oportunidades disponibles.

El opuesto a la inclusión social es la exclusión, es decir, la imposibilidad de participar de una o más esferas sociales. Como en la inclusión, el impedimento de participar en una esfera no implica necesariamente la exclusión de las demás dimensiones de la vida social.

Por último, denominaremos fragmentación social al opuesto a la integración social, a saber, el proceso de fragmentación de los vínculos entre sus miembros en segmentos sociales con baja interdependencia entre sí, y quiebre del acervo de significados compartidos de una sociedad en múltiples subculturas. Si bien este escenario es difícil de imaginar (en la medida en que la integración y la fragmentación son más bien polos ideales de un fenómeno que en la práctica se da como un continuo), un ejemplo claro puede encontrarse en barrios que generan fuertes subculturas, altos niveles de informalidad y empleo en actividades delictivas.

Consecuencias sociales de la proximidad

Las consecuencias de la segregación residencial en términos de integración social han sido ampliamente descritas desde distintas perspectivas. Una de las formas más habitualmente utilizadas para abordar el fenómeno son los estudios del efecto barrio, correspondiente al traspaso de características de los barrios a los individuos (Flores, 2006) por medio de la interacción entre vecinos, y el desarrollo de normas y rutinas del barrio (Sampson, Morenoff & Gannon-Rowley, 2002). Así, en contextos de pobreza homogénea, las personas (en especial los niños y jóvenes) pueden verse expuestas a conductas desviadas de sus pares, a modelos de rol muchas veces desempleados, y a instituciones que las tratan desde un cierto estereotipo, lo que lleva a la formación de expectativas de vida distintas a las que pueden albergar quienes viven en sectores más heterogéneos de la ciudad.

Otra perspectiva es la teoría de la geografía de oportunidades (Galster & Killen, 1995), que se refiere tanto a la falta de oportunidades en espacios segregados, como a la percepción subjetiva de oportunidades: las personas adoptan decisiones no solo en términos de las oportunidades presentes, sino también tomando como referencia su red social local (que en contextos de pobreza homogénea ofrece limitada información y poca diversidad de modelos de rol desde los cuales representarse futuros posibles).

Una tercera forma de aproximarse a los efectos de la segregación en la integración social es por medio de la noción de estigma. Sampson (2004, 2009) señala que los territorios homogéneamente pobres también cargan con los efectos de los estigmas territoriales que se les aplican, de forma que, a pesar de las intervenciones que se realizan en ellos, el deterioro persiste: en la mirada afuerina sigue primando el prejuicio respecto del tipo de personas que viven en el barrio.

A todo lo anterior se suma una línea de investigación específicamente relacionada con el crimen: son los estudios sobre eficacia colectiva, referentes a la capacidad de los vecinos para reforzar las normas y debilitar las conductas delictivas al interior del barrio. Siguiendo a Sampson, Raudenbush y Earls (1997), en barrios de pobreza homogénea es mucho más difícil que surja la eficacia colectiva, por las características e historia de sus habitantes: las personas sienten que no pueden asumir el riesgo de intervenir a favor del colectivo (no quieren perder lo poco que tienen, o ya han perdido muchas veces).

Como se puede apreciar, existen diferentes modelos conceptuales que buscan explicar la relación entre la segregación y sus efectos en términos sociales. Por el contrario, no existe mucha literatura sobre las consecuencias de la proximidad. En alguna medida, se asume que la proximidad simplemente evitará o revertirá los fenómenos descritos para el caso de los barrios segregados. En este sentido, se deja de lado el hecho de que la convivencia con personas de mayores ingresos no es únicamente una “no segregación”, sino que tiene características o elementos propios y, por tanto, puede no solo revertir los procesos sociales negativos que se presentan en los casos de alta segregación, sino que generar otro tipo de procesos.

Asimismo, las formas en que se da la proximidad residencial entre personas de distinto estrato socioeconómico varían de manera importante según sea la realidad de cada ciudad. Por una parte, se tienen las proximidades generadas por las políticas de mixing income housing (generalmente en la realidad norteamericana o europea), que además pueden consistir en una mezcla “uno a uno” (es decir, en una vivienda una familia de altos ingresos, y en la contigua, una familia vulnerable), o bien en el desarrollo de barrios de bajos ingresos en sectores de clase media o media alta. Por otra parte, está la proximidad generada por los barrios cerrados, los que pueden ser de gran escala e incluir todo tipo de servicios en su interior, como en el caso norteamericano (véase Blakely & Snyder, 1997; Low, 2003) y en algunas ciudades latinoamericanas (véase, por ejemplo, Janoschka, 2002; Caldeira, 2007); o de pequeña y mediana escala, como en el caso chileno. Por último, en las ciudades latinoamericanas también es posible encontrar proximidades generadas por el desarrollo de vivienda informal en las cercanías de sectores de ingresos altos y medios. En este sentido, los estudios sobre proximidad residencial existentes hablan sobre realidades urbanas muy diversas (desde evaluaciones de políticas de mix, hasta tipos de cerramientos de conjuntos de altos ingresos, entre otros).

En casos en que se ha realizado la mezcla de hogares de distintos ingresos al interior del barrio, se ha detectado que las familias de menores ingresos que residen en barrios socialmente heterogéneos tienen mejores resultados en lo que respecta a educación y empleo. Rosembaum[3] (1995; y con Reynolds & Deluca, 2002) muestra la existencia de mayores niveles de empleo en las familias asignadas a sectores de ingresos más altos que en aquellas familias que obtuvieron su vivienda en sectores homogéneamente pobres. Asimismo, reporta que si bien los niños asignados a sectores de mayores ingresos tuvieron problemas iniciales de adaptación a la escuela, tras algunos años sus notas eran en promedio similares a las de los niños asignados a sectores homogéneos. Si bien a primera vista esto parecería indicar que no existe beneficio en la mezcla, estos niños ganan al acceder a una educación con un mayor estándar de calidad, lo que es destacado por sus madres. En el largo plazo, los niños en viviendas en sectores de mayores ingresos evidenciaron mejores resultados educativos, menor deserción escolar, mayores niveles de acceso a educación superior, y entre aquellos que no continuaron estudiando, mayores niveles de empleo, y empleos de mayor calidad. Por contrapartida, los niños en edad escolar reportaron índices similares de pertenencia e identidad con la escuela en ambos tipos de barrios. En términos de acoso escolar o bullying, los niños en barrios de mayores ingresos reportaron niveles de acoso similares a los de niños en barrios homogéneamente pobres.

Es importante señalar que para entrar en el programa de vivienda que se está discutiendo, era necesario satisfacer ciertas condiciones: haber pagado arriendos anteriores, no tener grandes deudas, y devolución en buen estado de los departamentos utilizados. Si bien estos requisitos solo eliminaron alrededor de un 25% de las familias elegibles, su cumplimiento puede ser crucial para el logro de una buena convivencia en un entorno residencial diverso.

En casos de conjuntos de vivienda económica en las cercanías de viviendas de mayor valor, si bien siempre existe una fuerte oposición inicial, esta parece ceder con el tiempo. Un ejemplo es el narrado por Belkin (1999), quien documenta un caso de extrema oposición a la llegada de vivienda económica en un sector residencial de nivel socioeconómico medio en Estados Unidos. La oposición inicial, una vez consumada la llegada de los nuevos vecinos, dio paso a un lento y complejo proceso de trabajo conjunto, en que los vecinos de mayores ingresos se involucraron con el desarrollo de la comunidad de menores ingresos para que su llegada no implicara una baja del estándar del barrio en general. Esta experiencia llevó al conocimiento y tolerancia entre los distintos tipos de vecinos.

Por último, uno de los factores más conflictivos es el tema de la plusvalía de las viviendas. Al respecto, Pollakowski, Ritchay y Weinrobe (2005) realizaron un estudio de los cambios en el precio de las viviendas de sectores residenciales de nivel socioeconómico medio y/o alto en los cuales se emplazaron conjuntos de viviendas económicas, cotejándolos con las fluctuaciones en los precios de sectores comparables. El estudio concluye que no existieron efectos negativos en los precios de las viviendas del sector por la construcción de viviendas económicas.

Desde la perspectiva de las relaciones vecinales, Musterd y Ostendorf (2006) llaman la atención sobre la falta de interacción entre las familias de distinto nivel socioeconómico en los sectores heterogéneos, a pesar de la proximidad en que viven. Esta falta de relación estaría dada por la gran distancia social existente entre ellos, lo que los llevaría a vivir en mundos aparte, a pesar de estar físicamente tan cerca. Los autores concluyen que, en este tipo de casos, se requieren políticas que combatan el estigma social con que cargan algunos grupos, que lleva a que la proximidad no tenga consecuencias sociales para ellos.

En el caso chileno, no existe consenso interpretativo en torno a la proximidad entre hogares de distinto estrato. Por una parte, para algunos autores los barrios cerrados y la disminución de la escala de la segregación que estos generan solo aumenta la intensidad de dicha segregación (Hidalgo, 2004). Interpretaciones de este tipo asumen una cierta correspondencia entre los conceptos sociales y los espaciales, asumiendo la exclusión territorial y las divisiones materiales como correspondientes a exclusión social.

Se señala también que los barrios cerrados generan una identidad entre espacios seguros y espacios para compartir entre iguales, lo que lleva a reducir los ámbitos de contacto social más diverso. Márquez (2004) observa este afán en el caso de los condominios cerrados de Huechuraba en Santiago y, como consecuencia, la fragmentación de la identidad común y la afirmación de una ciudadanía más bien privada. Otros autores, en cambio, piensan la disminución de la segregación residencial como una oportunidad, en la medida en que más allá de la existencia de muros, los grupos vecinos pueden beneficiarse entre sí en un plano funcional, debido al cambio de imagen de una comuna pobre al comenzar a recibir población de otro estatus socioeconómico (Sabatini & Cáceres, 2004; Salcedo & Torres 2004; Campos & García, 2004; Sabatini & Salcedo, 2007). Más allá del enrejamiento, la cercanía de barrios cerrados permitiría el florecimiento de oportunidades de empleo y consumo para los habitantes más pobres, así como la mejora de la infraestructura.

En términos empíricos, los estudios existentes concuerdan en que la proximidad tiene efectos positivos sobre el empleo en los hogares de menores ingresos, los que son percibidos por ambos tipos de hogares (Salcedo & Torres, 2004; Campos & García, 2004; Morandé, 2007; Sabatini & Salcedo, 2007; Ministerio de Vivienda y Urbanismo [minvu], 2009). Tales efectos positivos se expresan en el trabajo de las personas de menores recursos en los hogares de mayores ingresos, y en centros comerciales localizados en el sector como respuesta a la existencia de hogares con mayor poder de compra. Asimismo, se señala que las personas de mayores ingresos valoran la proximidad de los servicios que prestan sus vecinos (Morandé, 2007; minvu, 2009).

Los vecinos de menor nivel socioeconómico perciben, además, efectos positivos en su entorno (Salcedo & Torres, 2004; Gatica, 2004; minvu, 2009), especialmente en lo que refiere a la cercanía al comercio y servicios, que ahora están presentes en los alrededores. Asimismo, perciben la llegada de hogares de mayores recursos como un incentivo a “superarse” (Gatica, 2004).

En el caso de los hogares de bajos ingresos que viven en comunas de altos ingresos, notan que esa localización les trae beneficios no solo en términos de la relación con los vecinos de altos ingresos, sino también mayores oportunidades por la mejor calidad de los servicios públicos (Morandé, 2007). Por el contrario, respecto de vínculos sociales, prácticamente no se registran beneficios (Salcedo & Torres, 2004; Sabatini & Salcedo, 2007; minvu, 2009). Al parecer, de la proximidad no surgen relaciones de amistad o vecindad entre los vecinos de distinto nivel socioeconómico. Esto no significa que no exista contacto, el que se da de forma cotidiana en los comercios y servicios (Salcedo & Torres, 2004; minvu, 2009). En el caso de los niños, la proximidad no lleva a ningún tipo de contacto, en la medida en que sus relaciones están situadas principalmente al interior de su barrio y los traslados a las escuelas son cortos, y en el caso de los niños de mayores ingresos, recorridos en automóvil (Pérez & Roca, 2009)

La proximidad tendría, no obstante, efectos sobre la significación de los territorios. Según lo indicado por los hogares de estrato bajo, el vivir en sectores mezclados les permite tener un lugar de residencia asociado a características positivas (Salcedo & Torres, 2004; Morandé, 2007; Sabatini & Salcedo, 2007; minvu, 2009), lo que incluso se traduciría en un alza del valor de las viviendas más pobres (Salcedo & Torres, 2004). Sin embargo, los hogares de estrato alto señalan que esta mezcla castiga los territorios, que son estigmatizados, lo que traería consecuencias sobre el valor de sus viviendas (Morandé, 2007; minvu, 2009). De acuerdo con los resultados de Rojas (2005) respecto de los efectos en el valor de suelo de la llamada Toma de Peñalolén, por ejemplo, esa percepción de caída de los precios del suelo producto de la proximidad con vecinos de menor nivel socioeconómico no tiene un correlato objetivo: la evolución de los precios de suelo no se ha visto afectada por este factor.

Por otra parte, los mayores costos asociados a la proximidad son los relativos a las diferencias en las costumbres; los hogares de estrato alto nombran problemas como el ruido, la presencia de personas tomando en las calles, las peleas y las malas palabras como las principales dificultades de la convivencia (Morandé, 2007; minvu, 2009; González, Rodríguez & Tironi, 2009). Los hogares de estrato bajo reclaman la estigmatización que se hace de ellos al generalizar tales conductas al conjunto habitacional en su totalidad (minvu, 2009), y algunos de ellos acusan la existencia de discriminación (Gatica, 2004).

Respecto de la sensación de inseguridad, esta no necesariamente pasa por los vecinos que se tiene al lado. En el caso analizado por Salcedo y Torres (2004), los vecinos de mayores ingresos no sienten inseguridad por vivir al lado de una población, sino por los niveles de delincuencia de la ciudad en general. Pérez y Roca (2009) señalan, para el caso de los niños, que la falta de contacto lleva a que las percepciones sean generales, no basadas en la experiencia, sino relacionadas con la información disponible a través de los medios. En este sentido, la proximidad no haría la diferencia: las impresiones de esos niños son mediadas, no directas, como ocurre con las opiniones existentes en casos de personas de altos ingresos que viven en sectores homogéneos, donde lo que predomina es un temor sin base en ninguna experiencia propia ni vicaria (minvu, 2009).

Es importante agregar que los datos del estudio del minvu (2009) señalan la existencia de situaciones de proximidad que originan convivencias positivas, y otras que dan origen a situaciones conflictivas. Así, los efectos de la proximidad entre grupos socioeconómicos distintos, más allá de lo funcional, no son unívocos. Esto vuelve a poner el acento en la comprensión de los procesos más que en el recuento de resultados.

Metodología

El trabajo empírico consistió en un estudio cualitativo de casos de fronteras entre hogares de distinto nivel socioeconómico. Para esto, se identificó mediante un análisis censal todas las fronteras entre manzanas de estratos altos (predominantemente ABC1) y manzanas de estratos bajos (predominantemente D y E). Se visitó en terreno todas las fronteras, descartando aquellas que presentaban elementos que amplificaban la distancia, generalmente autopistas urbanas o quebradas. De las restantes fronteras se seleccionaron cuatro casos, correspondientes a fronteras que contaban con al menos cinco años de historia conjunta, y que permitían con claridad el enfrentamiento visual entre los hogares distintos. Cada una de las fronteras seleccionadas representaba un caso con características particulares:

  1. Bosque de la Villa/Cerro Apoquindo, Las Condes: frontera de estratos altos y medios altos con estrato bajo, con historia de convivencia positiva.
  2. La Ermita/sector plaza San Enrique, Lo Barnechea: frontera de estratos altos y medios altos con estrato bajo, con historia de convivencia negativa.
  3. La Travesía/Sector Alto Jahuel, Pudahuel: frontera de estratos medios con estrato bajo, con historia de convivencia positiva.
  4. Vichuquén/Los Olmos, Peñalolén: frontera de estratos medios con estrato bajo, con historia de convivencia negativa.

En cada una de estas fronteras se realizaron entrevistas semiestructuradas a jefes de hogar, dueñas de casa y jóvenes, tanto provenientes del conjunto de mayores ingresos como del de menores ingresos. En total, se realizaron noventa entrevistas.

El material fue transcrito de forma literal y codificado con ayuda del programa NVivo.

Resultados

Los resultados obtenidos apuntan a que la proximidad genera procesos de integración similares en todos los casos de estudio (en la medida en que se anclan en situaciones de carácter estructural), mientras que los procesos de fragmentación, en cambio, son casuísticos, es decir, dependen de la particular historia de convivencia de cada caso.

En un plano funcional, la proximidad lleva a una subida del estándar del sector, en la medida en que los conjuntos de mayores ingresos incorporan espacios públicos de mayor calidad en su interior.

En el caso de las comunas de mayores ingresos, en que la proximidad se ha venido construyendo desde hace larga data, esto se ve acompañado de una continua inversión de los gobiernos locales en los espacios públicos del sector, de forma tal que toda el área cambia de estándar. Asimismo, los municipios invierten incluso en los espacios públicos al interior de los conjuntos de menores ingresos, como una forma de nivelar el estándar de los distintos barrios.

En el caso de Peñalolén, si bien la diferencia entre barrios de distinto nivel socioeconómico es evidente, el municipio ha desarrollado espacios públicos relevantes en sectores céntricos de la comuna, que permiten a los hogares más vulnerables tener acceso a actividades de buena calidad, a las que también asisten los vecinos de mayores ingresos.

En el caso de Pudahuel, sin embargo, la subida del estándar se produce solo al interior de los conjuntos de mayores ingresos y las calles y avenidas que lo circunscriben (es decir, el municipio no logra sumarse a la subida de estándar que el inmobiliario propone). Si bien esto de alguna forma es percibido como positivo por los vecinos de menores ingresos (quienes señalan que con ello se contribuye a la belleza del sector), es también muchas veces utilizado por los distintos grupos de vecinos para marcar la diferencia entre un sector y otro (utilización de la diferencia tipológica y de equipamiento para marcar limites en el barrio, o bien para señalar que los de menores ingresos viven en un sector más “feo” porque no cuidan lo que tienen).

Hombre: Las plazas también son distintas, acá hay mucho más verde.

Mujer: Acá hay buena mantención, se han preocupado que se mantenga el foco verde.

Hombre: Pero allá no hay plazas como estas, allá la gente no cuida nada.

(Jefe de hogar y esposa, sector Alto Jahuel).

En este sentido, la homogeneidad en la subida del estándar urbano en las comunas de mayores ingresos dificulta el establecimiento de distinciones. Esta subida de estándar se produce no solo en términos de equipamiento e infraestructura urbana, sino también de los servicios que ofrecen los municipios a sus vecinos, en especial en las comunas de mayores ingresos. Por una parte, al tener vecinos de mayores ingresos y más usos comerciales, el municipio dispone de un mayor presupuesto. Adicionalmente, los vecinos que acuden a la oferta pública (de educación, salud o recreación) son menos. En este sentido, el municipio dispone de una oferta de mejor calidad y para una menor cantidad de vecinos, lo que se traduce en muy buenos servicios municipales a los que se puede acceder de forma fácil y expedita.

A lo anterior se suma que muchas veces los vecinos de mayores ingresos cautelan la calidad de la oferta pública (acompañan a sus empleados a servicios de salud, por ejemplo, y exigen calidad en la atención), lo que lleva a que el municipio deba ofrecer una oferta con un estándar aceptable para todos los vecinos (aunque en la práctica esta solo sea utilizada por los de menores ingresos).

Si la comuna es pobre, la municipalidad va a tratar a todos como cien por ciento pobres; en cambio si la municipalidad está en una comuna que no es pobre, la municipalidad va tener que tener acceso para dar el gusto a todos por igual (…). Es que los servicios municipales por gente con más plata no son usados, pero podrían; ese “podrían” hace que tienen que tener una buena cancha, una buena piscina, cachái, porque tení gente que tiene el poder de criticar. De esta manera la municipalidad está obligada a moverse.

(Joven estudiante, cerro Apoquindo).

Por otra parte, efectivamente la llegada de vecinos de mayores ingresos atrae comercio y servicios al sector. Este fenómeno, que se da de igual forma en todos los casos estudiados, no solo amplía las opciones de las familias de menores ingresos (que ahora pueden acceder a pie a supermercados y farmacias, entre otros), sino que además genera oportunidades de contacto entre los vecinos de distinto tipo: compran en el mismo supermercado, en la misma verdulería, etcétera.

La llegada de comercio y servicios, así como la presencia de hogares de mayores ingresos, genera a su vez oportunidades de empleo para los vecinos de menores ingresos del sector.

Entonces aquí no, aquí por ejemplo el que quiere trabajar, encuentra trabajo. Ya sea de jardinero, limpiando vidrios, encerando, haciendo un muro y por último si usted no encuentra nada aquí, sale con una carretilla a recoger cartones y en la tarde tiene plata.

(Jefe de hogar, La Ermita de San Antonio).

La información sobre tales oportunidades circula de forma local (murales, oficinas de empleo municipal, datos de conocidos, etcétera), lo que representa una ventaja para los residentes de menores ingresos del sector respecto de otros que podrían estar interesados en conseguir un empleo en el área. La existencia de estas oportunidades y su aprovechamiento por parte de los vecinos de menores ingresos lleva a que muchos de ellos experimenten procesos de movilidad social, aumentando la heterogeneidad social interna de los conjuntos de menores ingresos.

Si bien el mejoramiento de la geografía de oportunidades es percibido por los vecinos de menores ingresos, estos insisten en señalar que las oportunidades son las mismas, independientemente de donde se resida: algunos tendrán que viajar, pero todos pueden acceder. En este sentido, en ningún caso atribuyen su movilidad social o nivel de vida actual a las ventajas de su localización en la ciudad.

Investigadora: ¿Usted cree que por el hecho de que ellos estén acá, hay más oportunidades?

Mujer: No, no tiene nada que ver eso. Yo pienso que es en el… como es la persona, me entiende. No tiene nada que ver porque ellos estén aquí (…) las oportunidades se las busca uno.

(Dueña de casa, villa Travesía).

En un plano más simbólico, es interesante que la sola observación del otro en la vida cotidiana genere procesos de desmitificación e identificación entre los vecinos distintos. Ver que el otro sale temprano a trabajar, lleva a sus niños a la escuela, etcétera, conduce a que sea considerado distinto, pero similar. Ese otro también es una persona de esfuerzo, que tiene una vida parecida.

Mujer: Por ejemplo, en la mañana a las ocho y media, donde están las mamás dejando a sus niños en el colegio, a los más pequeñitos, tomados de la mano, gente súper normal y preocupada de sus niños.

Hombre: Gente que está esperando la micro para ir a trabajar, gente que trabaja como uno…

(Jefe de hogar y esposa, conjunto Los Olmos).

Adicionalmente, la observación de los vecinos distintos lleva a detectar la heterogeneidad interna del otro barrio: hay gente buena y gente mala. En ese sentido, ni el propio grupo ni el otro aparecen como homogéneos (no se puede instalar una identidad fuerte con los propios vecinos), y al mismo tiempo, hay elementos compartidos con los vecinos del otro barrio (se establecen continuidades entre los vecinos de distinto nivel socioeconómico). Esto impide la polarización, así como la estigmatización de los otros vecinos como un todo.

Muchas veces la gente de acá que es un poquito más humilde tienen muchos más valores que tienen los de allá, o pasa viceversa también. Hay gente de arriba que es súper desubicada y gente de acá también.

(Joven, La Ermita de San Antonio).

Más allá de esto, hay un elemento que aparece como central: la movilidad social. Los entrevistados, independientemente de su nivel socioeconómico, se entendían a sí mismos como insertos en un proceso de movilidad social (ya sea en su propia trayectoria de vida, o bien intergeneracionalmente). Los vecinos de menores ingresos ven un progreso tanto en su propia vida como en comparación con sus padres (han obtenido una vivienda propia, tienen mayor educación, etcétera).

He tenido la suerte de toparme con gente normal, se puede decir; yo no le encuentro nada distinto, o sea, porque tienen un cartón universitario, un título, obvio, porque ahí ya son diferentes, pero es eso. Y obvio que al tener un título van a tener un mejor trabajo y una mejor remuneración, pero uno también va para allá, está formando para lo mismo.

(Dueña de casa, dirigente, villa Travesía).

Los vecinos de mayores ingresos, a su vez, identifican un punto en su pasado en que tuvieron menos (sus padres o sus abuelos son gente de esfuerzo, tuvieron una infancia con menores recursos de los que ellos tienen hoy en día, etcétera).

De repente a uno lo tratan hasta de cuico, y yo no soy cuico y me molesta. Yo lo que tengo es por sacrificio, a mí no me han regalado nada (…). Están equivocados, o sea, nosotros podemos hacer un millón, un millón doscientos mil pesos por el sueldo, y yo encuentro que si nos llegan a echar en cualquier momento a los dos del trabajo, no somos nada.

(Jefe de hogar, sector Alto Jahuel).

La situación descrita refuerza la sensación de continuidad entre vecinos diferentes: los de menores ingresos piensan que, en un futuro, ellos o sus hijos podrían llegar a ser como los vecinos de mayor nivel socioeconómico. Análogamente, los vecinos de mayores ingresos señalan que, en algún punto de su historia, ellos (o sus padres) fueron como los vecinos de menores ingresos.

Frente a este panorama de construcción de continuidades entre vecinos distintos, es necesario hacer tres precisiones. En primer lugar, si bien los vecinos de menores ingresos entienden al otro de mayores ingresos como un escenario futuro posible, no se alcanzan a establecer las condiciones para que estos últimos se constituyan en un modelo de rol para los primeros, ya que no existen vínculos más profundos que permitan el traspaso de información entre ambos tipos de vecinos.

En segundo lugar, el discurso de movilidad social y valoración del esfuerzo lleva a la multiplicación de los estigmas al interior del conjunto de menores ingresos. Así como los vecinos de mayores ingresos son capaces de percibir la diversidad interna del conjunto de menores ingresos, señalando a unos como “esforzados” o “trabajadores”, y a otros como de “mal vivir”, los propios vecinos de menores ingresos replican esta distinción al interior de su barrio, generando estigmas internos.

Mire, es que lo que pasa que aquí en La Ermita, esta fue la primera etapa que construyeron y aquí se vino casi toda la gente antigua de La Ermita, o sea de Quinchamalí, se llamaba antes. Entonces esta gente de aquí es como más sana, y cuando hicieron la segunda etapa empezó a venir gente de otros lados, familia de la misma gente, pero malas. Y empezó a meter la droga, empezó… entonces ya se puso malo. La segunda y la tercera etapa, se puso mala.

(Dueña de casa, La Ermita de San Antonio).

Lo descrito en este caso se vive con mayor fuerza allí donde existen problemas de delincuencia y drogadicción.

Por último, hay dos elementos que impiden establecer elementos de continuidad entre vecinos distintos. El primero es la delincuencia. La experiencia directa de la delincuencia lleva a la pérdida de la confianza en el otro, y si bien se declara que en el otro conjunto hay todo tipo de gente (se reconoce la heterogeneidad interna), de todos modos se actúa bajo la hipótesis de la desconfianza, evitando en la medida de lo posible todo contacto con los vecinos de menores ingresos.

El segundo es la inconmensurabilidad de las diferencias: cuando el otro tiene demasiado dinero, no se lo puede entender en un mismo proceso de movilidad social, ni en rutinas similares a las propias.

Van a tener, pero nunca van a tener lo que tienen ellos (…). No, porque es recién una generación que está esforzándose. Ellos llevan mucho, cuando llegaron los españoles ya empezaron a tener fortuna. No, pero igual yo creo que si estudian todos, sacando una profesión, hay cabros contadores, ya están bien acomodados pero no llegan a ese nivel. Si siguen así, dándoles el estudio a los hijos que traen ellos, ahí sí.

(Jefe de hogar, dirigente, La Ermita de San Antonio).

Discusión

Mientras todos los casos evidencian procesos similares en lo que respecta a inclusión y cohesión social, las dinámicas vinculadas a la fragmentación se dan de forma particular en cada caso, de acuerdo con la historia específica de cada barrio. En este sentido, mientras los procesos hacia la integración son transversales, en la medida en que se nutren de los elementos y formas de integración presentes en la sociedad en general, los procesos de fragmentación son específicos a cada frontera.

En términos de inclusión social, en todos los casos estudiados se registra la influencia de la llegada de hogares de altos ingresos en la creación de ventajas funcionales, lo que desencadena procesos que aportan a la inclusión social de los hogares de menores ingresos. La frontera es, para los hogares de menores recursos, una frontera de inclusión.

En términos de cohesión social, sin embargo, el panorama no es tan claro. Si bien es posible identificar algunas dinámicas proclives al fortalecimiento de la cohesión social en todos los casos, en algunos de ellos surgen en paralelo elementos que tienden a su debilitamiento. Estos procesos no son totalmente excluyentes entre sí, sino que se dan en un mismo barrio, y a veces conviven en tensión en una misma persona.

El simple hecho de observar al otro en sus actividades cotidianas, que podría parecer completamente inocuo, es en realidad la fuente más poderosa de cohesión social: la observación de que el otro tiene rutinas de vida similares (sale temprano a trabajar, lleva sus niños al colegio, etcétera) contribuye a la percepción de que son personas con rutinas parecidas a mí, lo que lleva a tender un puente de continuidad con ellos, a pesar de las diferencias que pueda haber. Se reconoce al otro como distinto, pero al mismo tiempo cumpliendo las mismas normas, y buscando las mismas cosas: el otro se esfuerza, trabaja, estudia, busca un mayor bienestar para su familia.

Lo interesante de esto es que, en lugar de polarización entre los grupos en frontera, lo que se tiende a generar es una percepción de continuidad de los distintos en un mismo proyecto de movilidad social. Esto se ve reforzado por el aprendizaje del otro como parte de un grupo diverso, por lo que se vuelve muy difícil aplicar un estigma territorial a todo el conjunto.

La construcción de la noción de continuidad entre los vecinos distintos se ve reforzada por la percepción generalizada de movilidad social. Esta centralidad de la movilidad social en la posibilidad de generar un elemento de continuidad revela que, en último término, el otro no es entendido como esencialmente distinto (en el plano del ser), sino simplemente como alguien que vive (en) otras circunstancias. Está por verse, sin embargo, qué ocurrirá cuando las expectativas de movilidad (en general, mucho mayores a los procesos reales de movilidad que se observan hoy en Chile) se vean frustradas.

Este proyecto de movilidad social compartido por medio del esfuerzo lleva también a la multiplicación de los estigmas internos. Los vecinos pueden presentar muchas diferencias (entre ellas, la de estrato socioeconómico), pero la que aparece como crucial es la que se refiere al modo de vida: se trata de gente de esfuerzo, o de mal vivir. Esto último basta para distinguir el “nosotros y el “ellos”, y eliminar la sensación de pertenencia a un proyecto social común.

A pesar de que la diferencia no se basa centralmente en el nivel socioeconómico, la presencia y peso de la delincuencia influye de todas formas en debilitar la percepción de pertenencia a un proyecto compartido y, en cambio, ayuda a que se produzcan fenómenos de fragmentación. Cuando la experiencia cotidiana de los vecinos de mayores ingresos está marcada por problemas de delincuencia (propios o de terceros), si bien se continúa entendiendo el conjunto de bajos ingresos como un ámbito diverso, se percibe como un lugar peligroso, en que parte importante de la población se dedica o está vinculada de alguna forma a actividades delictuales. Esta percepción lleva a la fragmentación social por medio de la estigmatización de dicho territorio, a la discriminación de sus habitantes según su apariencia, y a la fragmentación del espacio por medio de rejas que permitan disminuir la sensación de inseguridad. Evidentemente, este proceso no es padecido de manera inactiva por los residentes, sino que ellos resisten la discriminación generando distinciones y multiplicando los estigmas internos, o bien transfiriendo el estigma a otras poblaciones cercanas, sindicándolas como las responsables de la delincuencia del sector. Es importante señalar que este proceso se produce en torno a situaciones efectivas de delincuencia y violencia reiteradas, y en ningún caso se lo observó como producto del prejuicio.

Otro elemento que dificulta la construcción de planos comunes y, en cambio, conduce a la polarización, es la inconmensurabilidad de las diferencias. Cuando las diferencias son demasiado grandes, aparecen como irremontables y como producto de algo más que el esfuerzo: son fruto de la herencia.

Por último, es importante relevar el rol del municipio. Al homogeneizar la calidad urbana de los distintos sectores, el municipio puede disminuir los elementos materiales que apoyan el trazado de distinciones y que permiten identificar y estigmatizar territorios. Adicionalmente, al generar actividades de contacto interesantes para ambos vecinos, permite la convivencia en instancias positivas, reforzando una idea del otro como alguien parecido.

No obstante lo anterior, existe una cierta estigmatización de la oferta provista por el municipio por parte de los vecinos de mayores ingresos. El que las actividades sean organizadas desde la municipalidad, o que sean gratis, lleva a que sean inmediatamente interpretadas como para la gente de menores recursos. En este sentido, la mayor parte de las iniciativas que llevan a cabo los municipios están orientadas a la inclusión de los grupos de menores ingresos, no persiguen la cohesión social. Solo sobrepasan este umbral aquellas que aparecen como interesantes para ambos vecinos: las que los vecinos de mayores ingresos no pueden reemplazar por otras accesibles en el mercado.

Si bien se ha señalado que los procesos de fragmentación son casuísticos, esto no quiere decir que sean menos significativos o descartables. Los procesos de inclusión y cohesión social identificados en los casos de estudio pueden verse aminorados e incluso anulados por la existencia de delincuencia o violencia. De este modo, debe tenerse en mente la fragilidad de los procesos integradores que genera la proximidad residencial, en especial en su dimensión cohesiva.

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[1]Este artículo se beneficia de los resultados de la tesis doctoral de la autora, financiada por el proyecto “Risk Habitat Megacity”, del Helmholtz Centre for Environmental Research; asimismo, su perspectiva teórica y conclusiones se nutren de la discusión conceptual realizada en el contexto de los proyectos Conicyt (Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica) “Cultura de integración y cohesión social en las ciudades chilenas”, y Fondap 15110020, Centro de Desarrollo Urbano Sustentable.

[2] Y, más en general, en las ciudades latinoamericanas.

[3] Este estudio se refiere a un programa que no solo combate la segregación residencial socioeconómica, sino también la étnica. En este sentido, la probabilidad de que el proceso de adaptación al nuevo barrio fuera problemático era mucho mayor que si se tratara de una sola de las dos variables en cuestión.

vol 41 | no 122 | enero 2015 | pp. 125-143 | artículos | ©EURE

issn impreso 0250-7161 | issn digital 0717-6236

Rasse, A. (2015). Juntos pero no revueltos. Procesos de integración social en fronteras residenciales entre hogares de distinto nivel socioeconómico.. Revista EURE - Revista De Estudios Urbano Regionales, 41(122).