Vol.
42

125
2016
3. Rodriguez

El debilitamiento de lo urbano
en Santiago, Chile[1]

Paula Rodríguez. SUR Corporación de Estudios Sociales y Educación, Santiago, Chile.

resumen | Se presentan en este artículo algunos resultados de una investigación cuyo objetivo fue revisar las manifestaciones espaciales del debilitamiento de lo urbano en Santiago de Chile. Para ello, se toma como punto de partida la teoría de Lefebvre sobre la producción social del espacio, enfatizando en su dimensión subjetiva. Este marco permite ordenar la información relativa a Santiago y establecer que se trata de una ciudad en la que se manifiestan grandes distancias sociales concomitantes a un ordenamiento jerárquico de sus municipios. Para profundizar en los aspectos subjetivos de esta producción espacial, se recurre a un encuadre teórico multidisciplinar, con el desarrollo de conceptos elaborados por Heller, Lechner, Soja y Foucault. Se concluye que la dimensión subjetiva de la producción espacial se manifiesta en la creación de contraespacios y contraconductas por parte de quienes viven en la periferia, procesos que se materializan en la creación de un conjunto de normas, las que les permiten actuar con cierta libertad en una ciudad desigual.

palabras clave | periferia urbana, segregación, desigualdad social.

abstract | This article presents some results of an investigation whose objective was to revise the spatial manifestations of the urban weakening process in Santiago, Chile. For this, Lefebvre’s theory of the social production of space is addressed as a starting point, emphasizing its subjective dimension. This framework allows organizing the available information relative to Santiago and establishing that this is a city where social gaps are evidenced concomitant to the hierarchical order of its diverse municipalities. In order to further analyse the subjective aspects of this spatial production, a theoretical multidisciplinary framework is applied, developing concepts elaborated by Heller, Lechner, Soja and Foucault. The conclusion points that the subjective dimension of the spatial production is found in the development of counterspaces and counterbehaviors by those who live in the periphery, as processes that materialize in the creation of transmissible sets of norms that allow certain freedom of action in an unequal city.

keywords | urban periphery, segregation, social inequality.

Recibido el 6 de agosto de 2014, aprobado el 10 de marzo de 2015

E-mail: paularm@sitiosur.cl

Introducción

Santiago es el producto de políticas urbanas que han logrado construir un espacio urbano diferenciado (De Ramón, 1985; 1990; Hidalgo, 2007), en el cual se traducen y manifiestan distancias sociales entre grupos de mayores y menores ingresos (Schatan, 2005; Larragaña, 2001; Organisation for Economic Co-operation and Development [oecd], 2013)[2]. Estas distancias son la expresión y producto de una subdivisión territorial y administrativa del territorio de la ciudad en sectores uniformes, homogéneos, organizados en jerarquías (Bourdieu, 1999; Ducci, 2002; Ducci & González, 2006; Hardy, 2009). Los procesos señalados se expresan en que en un municipio determinado, de todos los que componen Santiago[3], tan solo el 1,9% de sus habitantes esté bajo la línea de pobreza; tal es el caso, por ejemplo, del municipio de Vitacura, uno de los de mayores ingresos de Santiago y del país. Por el contrario, otro municipio puede tener más del 20% de sus habitantes bajo la línea de pobreza; es lo que ocurre en La Pintana, con un porcentaje de personas bajo la línea de la pobreza que se eleva por sobre el porcentaje total en el país, de acuerdo con cifras del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud, 2005). Esta estratificación del espacio ha implicado a la vez producción de periferia (Morales & Rojas, 2009; Rodríguez & Icaza, 1993; Rodríguez & Rodríguez, 2009). Se trata de territorios sensibles, dislocados, que también son una manifestación de “la disgregación de la vida mental y social” (Lefebvre, 1983, p. 181), en los cuales se relega a una gran cantidad de personas y se les niega centralidad. El resultado ha sido el debilitamiento de lo urbano.

En este contexto, se plantea una pregunta por los ámbitos subjetivos en el debilitamiento de lo urbano en Santiago. Este cuestionamiento es importante, porque lo subjetivo hace referencia a un “complejo que abarca valores y creencias, disposiciones mentales y conocimientos prácticos, normas y pasiones, experiencias y expectativas” (Lechner, 2002, p. 43). Se debe recordar que Lechner insistió en desechar la diferencia entre objetivo y subjetivo. Según Heller (2004), esta escisión, que es el signo de nuestra época, se ha visto reforzada por distintas teorías positivistas y ha provocado “una objetivación de lo social a la vez que una dessubjetivación de la reflexión” (Lechner, 2002, p. 16), lo que debe ser revertido.

En la primera sección de este artículo se revisan algunos conceptos de la teoría del espacio lefebvriana; asimismo, se repasan los niveles de las dimensiones del espacio propuestas por Lefebvre, profundizando en la dimensión subjetiva. Para ahondar en esta, se recurre a un encuadre multidisciplinar, a partir de Heller (2004), Lechner (1986, 2002), Soja (1996) y Foucault (2006, 2007). Así, se examina cómo se ha destrozado lo urbano en Santiago y cómo se han incrementado las distancias sociales en la ciudad; con este fin, se cita un corpus de autores chilenos, quienes han estudiado tales procesos, el que también se cita en el siguiente capítulo.

En la segunda sección se enfatiza en la dimensión subjetiva de la destrucción de lo urbano. Se parte indicando el incremento de la trama urbana y la producción de espacio urbano inequitativo. Se indica que la participación en la producción de este espacio ha sido desigual: existen algunos grupos sobrerrepresentados, como el Estado, mientras que otros se encuentran subrepresentados, como las personas que habitan en la periferia. Se sugiere que también se debería revisar lo que ha sucedido con estos últimos sectores. A partir de la exposición de algunos de los resultados de una investigación realizada entre 2011 y 2013, se profundiza en las experiencias de pobladores de La Victoria, El Castillo y San Gregorio. Se habla de sus traslados por una ciudad desigual y de cómo se han visto expuestos a tratos denigrantes por portar marcas del demérito (Wacquant, 2012); asimismo, de las soluciones que han encontrado.

En la última sección, se concluye que el debilitamiento de lo urbano se relaciona con la jerarquización y diferenciación del espacio urbano, lo que se manifiesta en el espacio urbano (territorio y relaciones sociales). En ámbitos subjetivos, esta jerarquización también puede ser comprendida como una valoración positiva de la desigualdad, la cual puede violentar a las personas de menores ingresos. Estas, por ejemplo, para circular con cierta libertad por los municipios de mayores ingresos, deben generar normas que si bien pueden ser comprendidas como contraconductas, también implican una grave lesión a su derecho a disfrutar de la vida urbana.

Lo urbano y lo subjetivo

Para Lefebvre (1983, p. 122), lo urbano se define a partir de la noción de centralidad, la cual se comprende como un movimiento dialéctico de construcción/destrucción. La centralidad, señala el autor, hace referencia a la creación de la situación urbana, “en la cual las cosas diferentes influyen, unas en otras, y no existen distintivamente, sino según las diferencias” (p. 123, destacados en el original).

Esta afirmación permite profundizar en dos puntos: i) lo urbano es entendido como una “realidad social compuesta por relaciones a concebir, a construir o reconstruir” (Lefebvre, 1983, p. 67); y ii) que la tendencia de lo urbano es ser centro, centralidad, lo que no se refiere al punto cero de las ciudades (el centro), porque cualquier punto de la ciudad puede ser centralidad y cualquiera, periferia.

Lefebvre (1978) define lo urbano como el nivel de las relaciones: “La familia, el vecindario, los oficios y corporaciones, la división del trabajo entre los oficios” (p. 70). Para el mismo Lefebvre (1983, p. 125), lo urbano se puntualiza a partir de lógicas de forma (operaciones y disposiciones formales) y dialécticas de contenidos (diferencias y contradicciones) y está ligado a las matemáticas (lo calculable, cuantificable, valorable), la geometría (lo cuadrado, lo circular, etcétera), la recurrencia y la legibilidad. Se trata de una forma, no un sistema, una posibilidad y una tendencia, lo que involucra la idea de proceso, construcción. Lo urbano es la morfología social. Se refiere a la posibilidad de que se produzca la situación urbana.

La ciudad, por otra parte, es el sustrato objetivo que permite y articula lo urbano. Así, por ejemplo, siguiendo siempre a Lefebvre (1983, 2013), en la democracia urbana, lo urbano se presentaría como forma utópica, articulada en una ciudad incluyente, que se produce en torno a la justicia, a la posibilidad de producir espacio con valor de uso por sobre el valor de cambio; esta sería la ciudad donde se cumple el derecho a la producción del espacio, no la búsqueda del plusvalor, del lucro. Lo anterior, además, porque lo urbano está fundado sobre el valor de uso. Por el contrario, el debilitamiento de lo urbano produciría la ciudad desigual, que expulsa a las personas de menores ingresos de la centralidad y que está articulada en torno a la jerarquía de las diferencias, con primacía del valor de cambio.

En la ciudad se reúne, se centraliza gran cantidad de relaciones, estructuras y funciones (Lefebvre, 1983, p. 123). Esta es su característica, la concentración y la poli(multi)centralidad, y es lo que que necesita lo urbano. Pero también es lo que se opone a la segregación, la cual disgrega, separa personas y relaciones, elude las contradicciones y niega los conflictos.

Por segregación comprendemos, siguiendo a Lefebvre (1983), la imposición de una formación totalitaria que apunta a desgarrar lo urbano y su complejidad mediante la ruptura de relaciones y el cese de información (p. 139). Ahora bien, lo opuesto a segregación no es la unidad ni la armonía, sino el lugar de las expresiones, del deseo, “el lugar de enfrentamientos y confrontaciones, como unidad de las contradicciones” (p. 181). Es por esto que, en este artículo, se utilizarán términos como disgregación, separación, diferenciación y jerarquización, para hacer referencia a aquello que destruye lo urbano.

Las dimensiones del espacio lefebvrianas que permiten conocer el debilitamiento de lo urbano

A fin de conocer lo subjetivo en el debilitamiento de lo urbano en la periferia de Santiago de Chile, se escogió el eje sincrónico, de las dimensiones del espacio, que desarrolla Lefebvre (1983, 2013). En este eje se distinguen tres niveles: Global, Mixto y P.[4]

El primer nivel, G, el espacio de lo global, incluye los espacios de carácter público (como templos, edificios políticos y administrativos, entre otros). Este nivel acoge las relaciones más abstractas (mercados de capital y políticas de espacio), se proyecta en el espacio sin construir y se concreta en construcciones, estructura vial y tejido urbano. Es el nivel del Estado, del poder y de la ideología.

El segundo nivel es el M, el de los espacios mixtos, que hace referencia a los espacios intermedios (como arterias, áreas de transición, plazas). Es el espacio de la ciudad, el conjunto específicamente urbano (formas, funciones, estructuras). Las estructuras pueden ser de dos tipos: morfológicas (por ejemplo, calles, plazas, barrios, edificios) y sociológicas (por ejemplo, edades, sexos, dirigentes, dirigidos).

El tercer nivel, P, es el nivel del habitar. Para comprender la importancia de este nivel, recordemos que lo urbano es definido por Lefebvre (1983, p. 96) como la unidad de los tres niveles, pero con el nivel P en relación de predominio por sobre los otros dos (G y M). El nivel P no puede ser definido como microsocial en oposición a macrosocial. No se refiere al hábitat; tampoco es el lugar de la economía a menor escala o de los agentes, como la familia, los vecinos, y de las relaciones primarias. En el nivel P, Lefebvre incluye claramente lo subjetivo. El nivel P es el habitar, mediante lo cual las personas se reapropian y producen un espacio de intercambios, basado en el valor de uso.

El nivel P, el que hace referencia a la vida de las personas, a “su relación con lo posible y con lo imaginario” (Lefebvre, 1983, p. 89), es el nivel de los sueños, del deseo, del espacio íntimo, que no se opone al público, sino que puede (o no) prolongarse en este:

Intentar imaginar una ciudad donde la vida cotidiana estaría completamente transformada, donde los hombres serían dueños de su vida cotidiana, que transformarían a su antojo, serían libres respecto a la cotidianidad. (Lefebvre, 1978, p. 145)

A partir de la relevancia que Lefebvre otorga al nivel P, se indica que es importante conocer los aspectos subjetivos en el debilitamiento de lo urbano en Santiago; asimismo, recordar que algunos autores chilenos también hablan de esto, por ejemplo, Lechner (2002):

La subjetividad importa. No sabemos cuánto ni cómo, pero la vida nos enseña que ella es tan real y relevante como las exigencias de la modernización socioeconómica. Solo si nos hacemos cargo de la tensión existente entre la racionalidad propia a la modernización y la subjetividad de las personas, podemos hacer de los cambios en marcha un desarrollo humano. (p. 43)

En esta línea se cita a Heller (2004), quien señala que si bien los sentimientos son una parte inherente de la acción y del pensamiento (no son solo algo que los acompaña), analíticamente se ha producido una separación entre emoción, cognición y voluntad (Benhabib, 1980, p. 215). Esta escisión, que es el signo de nuestra época, se ha visto reforzada por distintas teorías positivistas (Heller, 2004), las que –a su juicio– debieran ser revisadas.

La incorporación de lo subjetivo en los análisis del espacio urbano implica reintegrar en ellos las emociones que experimentamos las personas. Como toda creación realizada por personas, las emociones o sentimientos encierran y ocultan –utilizando la terminología de Lefebvre– relaciones sociales, las que se desenvuelven en conflicto y pugna. Ahora bien, lo que se debe tomar en cuenta es que las personas otorgan valores a sus sentimientos y los organizan en jerarquías. Los intereses que guían estas clasificaciones y luchas no han sido siempre los mismos ni han permanecido inalterables a lo largo de la historia (Heller, 2004). Han cambiado, y estos cambios se desarrollan en conflicto entre instituciones y personas diferentes (Foucault, 2006, 2007).

Una ciudad donde se destroza lo urbano

En las últimas décadas, Santiago ha estallado –utilizando los términos de Lefebvre– de manera desigual e inequitativamente, creando centralidad y también periferia o reforzando la periferia que ya existía (Rodríguez & Rodríguez, 2009; Rodríguez & Rodríguez, 2012; Rodríguez, Rodríguez & Salas, 2005 y 2009). Esta producción de periferia y de centralidad ha sido estudiada cuando distintos autores revisan los análisis de las diferentes políticas urbanas que se han implementado en Santiago; es el caso de Hidalgo (2002, 2004, 2007), y de Rodríguez y Sugranyes (2009), entre otros.

En las últimas décadas, el proceso de expansión desigual de Santiago (el estallido) ha ido de la mano con la naturalización de una ideología economicista (Foucault, 2007). Por ideología, recurriendo a Gramsci, comprendemos un sistema de ideas. Los sistemas de ideas, las ideas, son producidas por personas; es decir, al igual que el espacio y que las emociones, las ideas también envuelven relaciones sociales. La definición de ideología de Gramsci está muy cercana al uso que le da Lefebvre en sus textos, porque este último no habla de ideología en un sentido peyorativo o en uno que no distingue entre ideología y estructura; tampoco afirma que las ideologías cambian las estructuras, ni habla de ideologías como soluciones inútiles o estúpidas.

La ideología economicista, que en este artículo podemos homologar con el término ideología neoliberal, siguiendo los planteamientos de Foucault (2007), promueve la desigualdad como una “condición necesaria para el mantenimiento de la libertad de los individuos y de la competencia” (Garretón, 2012, p. 24).

Al igual que Foucault, Lefebvre también habla de y critica esta ideología economicista, porque ella ampara la centralización de las decisiones, los flujos y las redes, creando verdaderas fortalezas y expulsando hacia la periferia a quienes no disponen de los recursos para participar de los beneficios de la ciudad (Lefebvre, 1976, p. 55). Y cuando esta ideología se traduce y manifiesta en el espacio, también diversifica, diferencia, reagrupa y extiende la ciudad mediante la edificación de conjuntos homogéneos, como es la tendencia en los municipios de Santiago (Ducci & González, 2006; oecd, 2013; pnud, 2005).

Lefebvre indica que el espacio se caracteriza por su unióndesunión, homogeneidadquiebre, por ser ordenadodesarticulado. En él, el centro (la unión, lo homogéneo y ordenado) estalla, se petrifica y también violenta a la periferia (lo dislocado, desunido y quebrado) (Lefebvre, 1976, p. 35). En ese sentido, la función de la ideología, en palabras del autor, es aceptar esta disociación y tomarla en cuenta como parte de la realidad. Así se admite que el espacio es dependiente de grupos e intereses diferentes y que no posee una lógica propia; por ello, se puede hablar de contradicciones del espacio y de su carácter político, ideológico y estratégico, de producción de valor y de acumulación, de enajenación y de libertad.

En este sentido, cabe recordar que el principal aporte de Lefebvre es indicar que el espacio se produce socialmente, lo que quiere decir que el espacio es producido por personas. En el caso de Santiago, aceptar que la jerarquización y diferenciación es también un asunto ideológico permite revisar la participación desigual de distintos actores en los procesos de producción del espacio (Galetovic, 2006; Morales & Rojas, 2009; Rodríguez y Sugranyes, 2009); también permite indagar en la sobrerrepresentación de algunos grupos en la ciudad, que igualmente se manifiesta en el espacio (Feagin, 1987). Y si se estudia la sobrerrepresentación de algunos grupos, también se debería revisar lo que ocurre con aquellos que aparecen subrepresentados, como lo son las personas que habitan en la periferia.

Las distancias sociales producto del debilitamiento de lo urbano

Se señala que, en Santiago, el debilitamiento de lo urbano se ha relacionado con la aplicación de una “grilla de inteligibilidad” economicista (Foucault, 2007, p. 208). Esta matriz ha debilitado lo urbano, porque su función es hacer análisis (de ahí lo de inteligibilidad) economicistas en busca del incremento de las rentas y la promoción del valor de cambio por sobre el valor de uso, en todos los ámbitos, incluso los que no son económicos. Esta reducción economicista de cualquier valor implica la desaparición de cualquier particularidad en cualquier producción social (Foucault, 2007).

Existe amplio consenso en que la aplicación de la grilla economicista (neoliberal) se inició en Chile a mediados de los años setenta (Garretón, 2012; Martínez & Díaz, 1996; Martínez & Palacios, 2009; Rodríguez & Rodríguez, 2009, 2012; Tironi, Vergara & Baño, 1988). Esto es importante cuando se habla de lo que ha ocurrido en las últimas décadas en Santiago, en las cuales se ha producido un debilitamiento de lo urbano, tal como es planteado por Lefebvre y confirman indicadores del pnud (2005) y de la oecd (2013), entre otros autores.

En este artículo se presentan algunos resultados del análisis de lo que ha ocurrido en tres poblaciones (La Victoria, El Castillo y San Gregorio). En ellas, el debilitamiento de lo urbano se ha mantenido y reforzado, en los términos planteados por Lefebvre[5]. Lo anterior se ha traducido, por ejemplo, en los bajos indicadores sociales de las tres poblaciones (I. Municipalidad de La Pintana, 2012; I. Municipalidad de Pedro Aguirre Cerda, 2012; pnud, 2005). Este sello marginal de las tres poblaciones no es algo nuevo, sino que se mantiene desde su creación (Aravena, Forray & Márquez, 2008; Hechos Urbanos, 1987a, 1987b; Integrantes Taller Literario…, 2010; Monardes, 2010).

Lo que se debe tomar en cuenta es que, en las tres poblaciones, la producción de periferia ha implicado, necesariamente, la negación de centralidad para una gran cantidad de personas. Estamos hablando de lo que sucede cuando el nivel G (lo global) absorbe al nivel P (del habitar). Es en ese momento que entra en juego el nivel M: el nivel urbano, de la ciudad, de los conjuntos urbanos, el terreno de la lucha, del conflicto (Lefebvre, 1983, p. 95).

El debilitamiento de lo urbano y lo subjetivo

En las últimas décadas, el área urbana del Gran Santiago se ha cuadruplicado. Para ello se han utilizado distintos instrumentos; grosso modo, en 1960, la superficie era de 11.017 hectáreas y el instrumento que regulaba los límites fue el Plan Regulador Intercomunal de Santiago; en 1979, 42.080 hectáreas y el instrumento, el ds n° 420; en 1994, 49.270 hectáreas y el instrumento, una modificación al Plan Regulador Metropolitano (prms); en 1997, 56.081 hectáreas y el instrumento, una modificación al prms; y en el 2003, 64.140 hectáreas y el instrumento, una modificación al prms.

No solo se ha expandido la trama de la ciudad, sino que los municipios que componen Santiago también se han ido distanciando socialmente unos de otros. La ciudad se ha expandido en una periferia donde se sigue concentrando a las personas de menores ingresos (Espinoza, 1988; Garcés, 2002; Hidalgo, 2007; Rodríguez & Sugranyes, 2009).

Este aumento de la trama urbana (nivel M, de acuerdo con Lefebvre) y el incremento de las divisiones y las distancias sociales, se intensificó en los años ochenta con la nueva división comunal (Hardy, 2009) y se consolidó en los noventa, durante el retorno de la democracia (Rodríguez & Rodríguez, 2009):

¿Por qué no un todo? ¿Por qué siempre dividir? Te voy a partir por la mitad, la cabeza tuya va a andar por un lado y tus piernas para otro y tu tronco ya no sé para dónde. ¿Para qué las divisiones? Viven dividiendo a la población como dividen las cosas en la vida. No entiendo eso. Yo creo que uno tiene que ser una cosa en la vida. Claro, uno ve que en Maipú hay gente más pudiente y en Padre Hurtado porque están los más (…) [las] división[es] son clasistas, racistas. (Blanca, 2012)

El incremento del nivel M también se ha manifestado en la extensión de los traslados de las personas que viven en la periferia entre distintos puntos de la ciudad, por distintos motivos (laborales, educacionales, ocio, etcétera). En el caso de las poblaciones estudiadas, estos viajes han permitido que los entrevistados no solo conozcan una gran cantidad de los municipios, también que puedan reconocer diferencias significativas entre ellos:

En Quilicura, las casas están todas juntas. En cambio, en Providencia, Las Condes o Vitacura, son tremendas casas, bonitas. Vive la gente pudiente. Las calles también son distintas. Es todo más lindo si hay más plata. (Myriam, 2012)

Las diferencias entre los municipios en Santiago marcan distancias entre las personas por ingresos. Así, por una parte, profundizan las distancias entre opuestos; y por otra, al separar a personas y distanciar las relaciones entre ellas, cortan flujos de información y restringen los intercambios a ciertos horarios, lugares y tipos (Guerrero Valdebenito, 2006)[6].

Estamos hablando de distancias sociales que se relacionan con la producción de un espacio social estratificado (Trivelli, 2009; Hidalgo, 2002; 2004; 2007). Estas son las realidades urbanas a las que se refiere Lefebvre (2013), las cuales son la manera o el modo en que aparecen las distancias entre las personas, en un espacio orgánico, en el que “el espacio ocupado declara sobre el terreno la organización de la sociedad, las relaciones constitutivas” (p. 271).

Las marcas del demérito en una ciudad desigual

Uno de los resultados de las políticas de diferenciación de la ciudad ha sido la configuración de municipios con muy buenos equipamientos urbanos (parques, plazas, centros comunitarios, bibliotecas, gimnasios municipales, calles bien cuidadas, entre otros), versus municipios homogéneamente de bajos ingresos, sin o con muy malos equipamientos urbanos (con carencia de áreas verdes, sin centros comunitarios, con calles y espacios residuales ocupados como basurales, y así por delante).

Los entrevistados coincidieron en señalar que las cosas buenas de los municipios de mayores ingresos se relacionan con el equipamiento urbano y el nivel de urbanización: hay mejor iluminación, casas grandes, piscinas, cines, parques, más dinero. Además, los municipios de mayores ingresos tendrían calles que parecen “de película” por lo limpias, lo bien cuidadas, los grandes árboles y los autos, las casas amplias, los jardines con flores, entre muchos otros detalles. Como se indicó, la mayoría de los entrevistados había conocido las calles de los municipios de mayores ingresos o por motivos laborales o porque habían ido a visitar a algún familiar o enamorado que trabajaba en esos barrios, entre otros motivos:

Pero para acá, ponte tú, alguna vez que fui a conocer el trabajo de mi mami, fui a buscar diarios, ¿te acordái? [le pregunta a su mamá]. Ahí quedé maravillada. Ese era como el mundo que no te pertenecía [se ríen]. (Tina, 2012)

Sin embargo, al mismo tiempo, los barrios de mayores ingresos no les gustaron porque se viviría de las apariencias, sus habitantes no serían amables, se creerían superiores y estarían “todos endeudados”.

A la par que han recorrido la ciudad, los entrevistados señalaron que se han visto enfrentados a emociones que no habían vivido en sus barrios. Por ejemplo, señalaron que había algunos momentos en los que se sentían inseguros en otros barrios que no eran el propio, en otros municipios.

Cuando se les consultó por las emociones que han experimentado en sus traslados por los municipios de mayores ingresos, salió a relucir el temor a la discriminación[7]. Tomando en cuenta que se trató de entrevistas semiestructuradas en las cuales se permitió la aparición de nuevas temáticas por parte de los entrevistados, puede ser un hecho significativo que, en la mayoría de los casos, hablaron de la discriminación de la que son objeto (véase, al respecto, unicef, 2008).

Estamos hablando del nivel P, al que se refiere Lefebvre, el nivel del habitar; pero, en este caso, de lo que sucede cuando se vive y transita por una ciudad jerarquizada y altamente desigual.

En cuanto a los motivos por los cuales creían que eran discriminados, los entrevistados señalaron que podía ser por su aspecto físico, sus modales, cómo pronuncian algunas palabras, su vestimenta, los horarios y días en los que transitan por barrios de mayores ingresos, la población en la que viven, entre otros. Es decir, se refirieron a aspectos físicos (como portación de rostro) o hechos como horarios y lugares de recorridos; dieron a entender que se trataba de una situación en las que ellos y ellas aparecían como estímulos (objetos sensibles) que provocaban determinadas respuestas (discriminación, malos tratos, no ser considerados como personas, entre otros).

Esta creación y puesta en circulación de estereotipos a la que aludieron los entrevistados impediría que disfruten de la vida urbana, de acuerdo con sus palabras. Esto ocurre porque, como lo indica Bourdieu (2000), el espacio habitado es una simbolización del espacio social. Por lo mismo, el debilitamiento de lo urbano al que se alude también se relaciona con la promoción de estereotipos de personas reducidos en atributos y cualidades (Wacquant, 2001)[8].

A la par del miedo, los entrevistados manifestaron pesar y enojo. Señalaron su malestar por ser tratados como inferiores, como si fueran de “otra raza” por personas que eran “iguales” que ellas. Recordemos que Lefebvre indica que la segregación separa a personas y relaciones. A eso se referían los entrevistados cuando hablaron de sus temores a ser mirados en menos: a la separación entre personas, la que ha ido de la mano con la diferenciación entre municipios, de acuerdo con lo que indicaron.

Este “creerse mejor que otros”, por parte de algunas personas de altos ingresos, queda de manifiesto de muchas maneras, de acuerdo con los entrevistados. Se puede exteriorizar como desconfianza, porque quienes viven en la periferia circulan por barrios de mayores ingresos en horarios que no son los laborales o porque parece que caminan sin un objetivo o un rumbo fijo; o indiferencia o desprecio, porque los que tienen mayores ingresos se sienten diferentes, superiores:

Ellos son como de otra raza, tienen más plata. Se creen otra cosa. Nosotros siempre estamos más abajo que ellos, somos distintos. Nosotros decíamos que eso era fome, porque somos todos iguales. (Myriam, 2012)

La inseguridad en los municipios de mayores ingresos

Cuando señalaron que eran tratados irrespetuosamente por personas que viven en los municipios de mayores ingresos, los entrevistados estaban hablando de personas que habitan en los municipios de más altos ingresos no solo del Gran Santiago, sino también de todo el país (Las Condes, Vitacura, La Reina, por ejemplo). De acuerdo con el pnud, en los municipios con mayor Índice de Desarrollo Humano viven quienes: i) ofrecen una mayor igualdad de oportunidades para todos los que residen en esos espacios; ii) tienen libertad para incidir en decisiones que los afectan; iii) participan en agrupaciones que les permiten enriquecerse de manera recíproca, lo que les posibilita construir un sentido social para sus vidas; iv) responden a sus necesidades sin comprometer a generaciones futuras; v) pueden ejercer sus oportunidades de desarrollo de manera libre y segura, y vi) participan activamente en empleos remunerados y en la producción de recursos.

En este contexto, se puede pensar que la creencia de no estar seguro de los entrevistados se relaciona con la sobrerrepresentación de ciertas categorías (Oviedo, Rodríguez & Rodríguez, 2008); por ejemplo, aquellas relacionadas con una perspectiva ecologista del delito[9], o que responden a construcciones conservadoras de lo que se comprende por transgresión. De acuerdo con Lechner (1986), en Chile parece que se teme a la delincuencia, al delincuente, lo cual no es solo un problema de (in)seguridad civil, sino también de discriminación: la creencia es que los delincuentes suelen ser personas que habitan en los sectores de menores ingresos de las ciudades, quienes, según el autor, son las principales víctimas de las (mal llamadas) guerras contra el crimen. Wacquant (2012) también nota que los transgresores habitualmente son personas que componen (lo que él denomina) el proletariado posindustrial, el cual habita en los sectores más precarizados de las ciudades y al que se deja marcado con el demérito (Wacquant, 2001).

La sobrerrepresentación de las categorías conservadoras criticadas por Lechner y Wacquant también implica puntos de vista particulares, elecciones y selecciones cognoscitivas, discursos y patrones hegemónicos. Los que “reciben” menos –utilizando el término de Heller (2004)– son quienes habitan en los municipios de menores ingresos, porque son receptores de las marcas del abandono del Estado (Wacquant, 2001, 2012). Los entrevistados forman parte de este conjunto de personas abandonadas y marcadas por el demérito. Lo saben y lo dicen.

La producción de contraconductas y contraespacios

Como se señaló, el objetivo es ahondar en el nivel P de Lefebvre, el del habitar, de las subjetividades, de los sueños y deseos. Una pregunta, en este sentido, es cómo se manifiesta el temor a ser mirado en menos, en qué se traduce espacialmente.

Los entrevistados señalaron sentir temor a ser despreciados en barrios de municipios de mayores ingresos. Esta emoción no provocó que disminuyeran sus recorridos por la ciudad o que dejaran de realizar algunas actividades. El temor se manifestó en la elaboración de un conjunto de medidas para hacer frente a la emoción. Esta creación de normativas es importante, porque los temores, como el miedo a ser discriminado, pueden anular los espacios de representación (el espacio de la biografía, en la tríada de Lefebvre)[10]; los temores también pueden implicar una pérdida en la libertad de las personas, las que dejan de recorrer ciertos lugares, evitan a ciertas personas, dejan de participar en determinadas actividades, se cuidan de no quedarse mucho rato parado en un mismo lugar (por temor a ser detenidos por sospecha por la policía, por ejemplo).

Los espacios de la biografía o de representación lefebvrianos son aquellos a los que Soja (1996) se refiere como contraespacios; y Lefebvre (2013), como el “lado clandestino y subterráneo de la vida social” (p. 91). También se pueden situar en las cercanías de las contraconductas de Foucault (2006, p. 407), que hacen que las personas replanteen sus principios articuladores y acciones.

En el caso de las tres poblaciones que se analizaron, la producción de normas les permitió a los entrevistados transitar con cierta libertad por espacios que ellos consideraban inseguros; es decir, pudieron crear contraconductas (Foucault, 2006) y contraespacios (Soja, 1996). Esto es importante desde la teoría de producción del espacio de Lefebvre. Recordemos que el interés en este artículo era incorporar lo subjetivo en la producción de periferia en Santiago, para lo cual se propuso hacer énfasis en el tercer nivel de las dimensiones del espacio que propone Lefebvre (1983, 2013): el nivel P, el nivel del habitar, aquel que permite que las personas se apropien y produzcan un espacio de intercambios.

En el caso que se revisa, se trata de personas que habitan en la periferia, quienes han sido desprovistas de centralidad y a las cuales no siempre les es posible disfrutar de los beneficios de la vida urbana, en los términos que plantea Lefebvre. Ya vimos cómo la producción de periferia se relaciona con el predominio del nivel G (el Estado, la ideología, los especialistas) y que cuando esto ocurre, también retrocede el nivel P. En estos casos, de acuerdo con Lefebvre, lo que ocurre es que el conflicto se centra en el nivel M (lo construido, el soporte material de lo urbano). La disputa es la ciudad. En este caso, los entrevistados disputan su derecho a transitar libremente por la ciudad.

Lo anterior es el marco para comprender que, en el caso de los entrevistados, cuando deben circular por municipios de mayores ingresos, para evitar ser discriminados, la estrategia a la que han recurrido es la creación de un conjunto de normas. Estas reglas, que les permiten elaborar contraconductas, incluyen valores y sentimientos, los cuales forman parte importante de la subjetividad de las personas. Estas normas se traducen en consejos; por ejemplo:

  • no se debe tener vicios, para que no los apunten con el dedo;
  • además, se debe andar siempre limpio;
  • se debe ser honrado y amable;
  • se debe ser agradecido, pero sin agachar la cabeza ni ser sometido(a) o dejarse someter;
  • hay que saber lo que se vale; y
  • confiar en Dios y la Virgen; entre otros.

Estas normativas tienen un contenido moral secundario (Heller, 2004)[11], porque el objetivo es actuar en las expresiones de los sentimientos (hablar con respeto, adoptar una actitud que no dé pie a sospechas por parte de la policía, entre otros); es decir, norman lo subjetivo en las relaciones de las personas. Regulan las acciones relativas al nivel P del que habla Lefebvre, el nivel que se refiere al habitar, a la dimensión subjetiva de la vida urbana.

Lo importante es que el acatamiento y observancia de estas normas (consejos) ha permitido que los entrevistados no disminuyan lo que comprenden como libertad de acción y autonomía. Es lo que le ocurrió a Marco, quien trabajó revisando los medidores de luz en los municipios de altos ingresos y que, por lo general, tuvo problemas porque los dueños de las casas pensaban que, cuando él revisaba los medidores en las casas, estaba merodeando:

A mí me han parado los pacos, y me preguntan qué ando haciendo por ahí. Una vez vi, de reojo, que venía una radiopatrulla. Siempre le decía cosas, pero esa fue como la más firme, la más arriesgada. Veo de reojo que viene una patrulla y yo llamé a la casa que me tocaba, porque tenía que ver un medidor de luz. Entonces, se para el vehículo detrás de mí; yo lo sentía. Y me hacen [hace el ruido de silbido] y yo no miré. Después me hicieron igual [hace el ruido de silbido]... Yo no miré tampoco. Después me dicen: “Oiga, joven”. Y yo ahí doy vuelta la pura cabeza, no el cuerpo, y les digo: “¿Sí?”. “¿Qué anda haciendo?”. Y yo les digo: “Trabajando, ¿y ustedes?”. (Marco, 2012)

El desencuentro entre Marco y la policía, que le pidió que se detuviera en la calle porque sospechó de su aspecto –usaba el pelo largo–, da cuenta de una molestia que dijeron sentir, en mayor o menor grado, los entrevistados: somos todos iguales, pero hay algunos que se creen mejores que otros (con “algunos”, los entrevistados se refieren a personas que viven en municipios de mayores ingresos). La norma que siguió Marco en el (des)encuentro con la policía habría sido “no agachar la cabeza”.

El aprendizaje de este tipo de normas no es fácil y no está naturalizado. Los entrevistados señalaron que su miedo a la discriminación se producía por estímulos presentes a los cuales respondían; por ejemplo, un mal trato, una descortesía, alguien que los ignoró, que no les respondió, que les preguntó a dónde iban a esa hora, qué estaban haciendo en esa calle y a esa hora, una detención de la policía por sospecha, entre otras muchas situaciones. Junto con lo anterior, también reconocieron el fuerte componente ideológico del temor a ser discriminados. Esta afirmación es correcta, porque se puede vivir sin sentir temor a ser maltratado, se puede vivir sin maltratar o discriminar (Heller, 2004). No se trata en absoluto de una emoción que cumpla una función biosocial. Se trata de una emoción ideológica, de un sentimiento que se aprende. El temor a ser discriminado es una emoción idiosincrática. No es universal, no lo experimentan todas las personas de la misma manera ni en todos los lugares. Las personas que habitan en la periferia son discriminadas en los barrios de más altos ingresos y pueden no serlo en los barrios donde viven.

Comentarios finales

En este artículo se ha buscado incluir lo subjetivo en el análisis del debilitamiento de lo urbano en la producción de periferia. Esto se relaciona con la jerarquización y diferenciación en la ciudad, la cual, por una parte, corta y separa personas, flujos, redes y relaciones; pero, por otra, cuando se produce un determinado tipo de interacción –como una persona de bajos ingresos que camina por una calle de un municipio de altos ingresos a una hora que no corresponde al tipo de trabajo que usualmente se le atribuye–, se activan los prejuicios, la capacidad de violentar a las personas de menores ingresos. Nos referimos a lo que ocurre en el nivel P, el habitar, de la vida urbana.

Como se señaló, el debilitamiento de lo urbano se ha relacionado con el predominio del nivel G por sobre los niveles M y P; es decir, la creación de periferia ha sido el producto de un conjunto de políticas impulsadas por el Estado y creadas por especialistas.

Siguiendo a Lefebvre, esta producción de periferia dislocada ha implicado que el nivel P, en el caso de las poblaciones periféricas, haya sido absorbido por el nivel del poder y la ideología (nivel G). Cuando esto ha ocurrido, el nivel M (el de la ciudad, de las formas urbanas) se ha transformado en el escenario y en el objeto de disputa. Lo anterior se ha traducido, por ejemplo, en las dificultades de los entrevistados para circular por barrios de altos ingresos sin despertar sospechas.

En situaciones en que no todas las personas pueden circular libremente, se debe comprender que estamos hablando de las disputas por el espacio. Según Smith (1996), Lefebvre entiende que la ciudad es el capítulo final en el cual “el drama del capitalismo está siendo representado” (p. 91). En la base del conflicto está la lucha por el derecho a la ciudad, por no ser excluido de ella.

La diferenciación y las distancias sociales en la ciudad también han implicado la puesta en marcha y difusión de un conjunto de categorías conceptuales (descripción) y normativas (ordenamiento y jerarquización). Estamos hablando del nivel G, el nivel del poder (como voluntad y representación), del Estado; de las estrategias, de las políticas, de las lógicas de clase y de las herramientas ideológicas.

La persistencia de las distancias sociales se relaciona con la inercia de las estructuras sociales cuando se inscriben en el espacio (Bourdieu, 2000); también con la circulación de un conjunto de categorías, organizadas en una grilla que solo permite y articula lecturas economicistas de la sociedad. En este marco, se producen ciudades como Santiago, en las que se priva del centro de la ciudad, porque “no la merecen”, a las personas de menores ingresos y se las expulsa hacia la periferia (Oszlak, 1991).

El debilitamiento de lo urbano a que se ha hecho referencia es difícil de revertir (Bourdieu, 1999; Oviedo, Rodríguez & Rodríguez, 2008), porque se trata de un proceso que ha necesitado de una gran cantidad de actores e instituciones, que han actuado de acuerdo con categorías normativas que también implican la valoración de la desigualdad entre personas y grupos.

Las promociones de paridades, de conjuntos de iguales, que se llevan a cabo con las ideologías economicistas (neoliberales) implican una gran cantidad de decisiones y mecanismos, no son naturales y no ocurren al azar. En este sentido, en los términos que establece Lefebvre, la cancelación de la igualdad y la connotación negativa que ella adquiere es producida en el nivel G, y se manifiesta en el espacio habitado, en la ciudad (nivel M).

Las acciones que han llevado a cabo el Estado y los especialistas –que han cancelado el nivel P– han sido validadas y aprobadas mediante la aplicación de una matriz economicista con la cual, en palabras de Foucault (2007), “se trata de filtrar toda la acción del poder público en términos del juego de la oferta y la demanda” (p. 284). En el ámbito de lo subjetivo, el debilitamiento de lo urbano al que se alude también se basa en valores economicistas, los que implican la estimación positiva de la desigualdad entre las personas y los diferentes grupos (Foucault, 2007; Garretón, 2012; Hayek, 1986). Esta valoración positiva de la desigualdad ha estado en la base de las políticas y planificación urbana que han promovido y acentuado el debilitamiento de lo urbano en Santiago.

Finalmente, cabe indicar que el miedo a la discriminación que señalaron los entrevistados se relaciona con su condición de haber sido desposeídos de centralidad, en términos lefebvrianos. En este caso, se trata de personas que han sido desterradas hacia la periferia y que no tienen acceso a los beneficios de la vida urbana, pero que deben transitar por la ciudad que los expulsa, porque los municipios están enlazados por cadenas de producción capitalista. El resultado ha sido una lesión grave de los derechos de gran cantidad de personas de menores ingresos a participar de los beneficios de la vida urbana, objetiva y subjetivamente.

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Entrevistas

Rodríguez, P. (2012). Entrevista a Marco, 53 años, poblador de la segunda generación en la población San Gregorio.

Rodríguez, P. (2012). Entrevista a Myriam, 32 años, pobladora de la tercera generación en la población San Gregorio.

Rodríguez, P. (2012). Entrevista a Blanca, 48 años, pobladora de la segunda generación en la población San Gregorio.

Rodríguez, P. (2012). Entrevista a Tina, 45 años, pobladora de segunda generación en la población El Castillo.

[1] Las reflexiones que se presentan en este artículo forman parte de la investigación realizada para la obtención del grado de doctora en Ciencias Sociales, en la Universidad de Buenos Aires, en 2014. El método de investigación seleccionado fue el estudio de caso descriptivo integrado; por lo mismo, se buscaron tres unidades de gran cualidad descriptiva y valor heurístico, para dar cuenta de las formas de producción del espacio urbano en Santiago y del declive de lo urbano en la ciudad. En este artículo se presentan algunos resultados del trabajo de campo que se realizó en San Gregorio, El Castillo y La Victoria, entre 2011 y 2012. En total se realizaron 49 entrevistas; aquí se citan tan solo algunas.

[2] En cuanto a la distribución de la riqueza en Santiago: “La población situada en el 20% superior de la escala de ingresos gana 12 veces lo que percibe la población que ocupa el 20% inferior” (Organisation for Economic Co-operation and Development [oecd], 2013).

[3] Cuando se habla Santiago se hace referencia al Área Metropolitana de Santiago (ams), la que está compuesta por 34 municipios, donde viven cerca de 6.000.000 de personas en un área cercana a los 660 km2. Se entenderá que Santiago es la mancha urbana (se excluirán las zonas rurales, si las hubiera) de 34 municipios del total de 52 que son regulados por el Plan Regulador Metropolitano de Santiago (prms) de 1994 (Galetovic, 2006).

[4] Véase Merrifield (2006, pp. 87-88) para un análisis introductorio a los niveles y dimensiones propuestos por Lefebvre.

[5] Entre las categorías normativas, se puede indicar la valoración de la desigualdad entre personas y grupos (Hayek, 1986). En Santiago, por ejemplo, la aceptación y promoción de las diferencias estuvo en la base de los programas de erradicación o “limpiezas barriales” (Benavides & Morales, 1982; Morales & Rojas, 2009).

[6] Véase Reguillo (2000), en un análisis de la construcción social del otro, los estereotipos.

[7] En Rodríguez, Rodríguez y Salas (2009, p. 12) se citan testimonios de jóvenes de barrios periféricos que recorren la ciudad por diferentes motivos; los jóvenes también perciben que son objeto de discriminación en los barrios de altos ingresos.

[8] En Reguillo (1998), las diferencias en la percepción de orden y temor de acuerdo con creencias e ideologías.

[9]Estas se basan en distinciones físico-psicológicas o ecologistas, las que son muy habituales en los estudios del espacio urbano y los sentimientos. Véase Dammert, Karmy y Manzano (2004) para un análisis, desde la tesis ecológica o ambiental, del temor urbano, la sensación de inseguridad, el abandono del espacio público, el problema de los espacios públicos residuales; el uso de rejas, murallas y casetas, por grupo socioeconómico y tipo de conglomerado urbano. Desde la teoría ecológica de prevención del delito se relaciona el desorden social con el físico, y se señala que ambos prevalecen en los sectores de bajo nivel socioeconómico (Lunecke & Ruiz, 2007). Véase Centro de Investigación Periodística (Ciper) (2009), para un ejemplo de aplicación de categorías conservadoras.

[10] Lefebvre (2013, p. 92) construye una tríada para ordenar los momentos de producción del espacio social: prácticas espaciales – representaciones del espacio – espacios de representación. Estos tres momentos le sirven a Lefebvre para hablar de los elementos que permiten la producción y reproducción de las formas sociales. Estas formas permiten que las personas establezcan relaciones con el espacio social. Para Lefebvre (2013, p. 91), el espacio social contiene tres niveles: i) el nivel de la reproducción biológica (las relaciones sociales de reproducción, las relaciones biofiosológicas, entre los sexos, la familia); ii) el nivel de las relaciones de producción (la división del trabajo, las funciones sociales jerarquizadas), y iii) el nivel de la reproducción de las relaciones sociales de producción (las relaciones que permiten y constituyen la sociedad capitalista).

[11] Estos son consejos basados en sentimientos orientativos de contacto (Heller, 2004, p. 116), cuya función es entregar orientación en las relaciones próximas, para provocar cercanía o distancia. Este tipo de sentimientos se basa en la experiencia de las personas, en los sistemas de objetivación, en los conocimientos que han adquirido en su vida.

vol 42 | no 125 | enero 2016 | pp. 61-79 | artículos | ©EURE

issn impreso 0250-7161 | issn digital 0717-6236

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